El encefalograma plano de la ‘princesa del pueblo’

Estos días, hace catorce años, que los médicos del hospital Pitie-Salpetriere de Paris certificaban, a las tres de la madrugada, hora inglesa, cuatro en la capital francesa, que Lady Di daba el encefalograma plano. No había resistido una cirugía de urgencia tras el brutal accidente en el túnel del Puente de Alma, cuando huía, en compañía de su amante. Ese mismo día yo publicaba un artículo sobre las desvergonzadas aventuras y desventuras sentimentales de la “princesa del pueblo”, como la denominó ridículamente Tony Blair. Mi artículo finalizaba con las siguientes palabras: “No hay duda de que esta chica tiene un encefalograma plano”. Y en ese momento, sin yo saberlo, daba.

Fácil es suponer la que cayó sobre mí. Ni que la hubiera matado. Fui objeto de insultos y descalificaciones por parte de compañeros de esta profesión tan cainita. La histeria colectiva británica también tuvo su reflejo en España y en el mundo entero.

Confieso no lo entendía. Como nunca entendí que un hombre tan inteligente como el príncipe Carlos contrajera matrimonio con una muchacha tontorrona de 19 años, Diana Spencer, cuando amaba a Camilla Parker, una experimentada señora de 30, con quien se acostó la víspera de su boda.

Cierto es que Lady Di creyó, la muy ingenua, haber encontrado el príncipe de sus sueños y lo que en realidad halló fue una locura que le condujo a la muerte, una muerte indigna cuando huía de los reporteros para encamarse con su amante en un palacete que había pertenecido a los duques de Windsor y que su padre, Mohamed Al Fayed, le había comprado.

Lo de conmemorar su muerte es mucho decir. Sería más exacto recordarla aunque su nombre, después de aquella histeria colectiva, esté ya, tan solo, escrito en el agua. Los únicos responsables de la tragedia fueron, amén del amante y del conductor, Henri Paul, un alcohólico bajo sedantes, la propia Diana, una muchacha no muy inteligente, manipuladora y vengativa.

Cuando supo que en su matrimonio eran tres y después de dar el espectáculo en televisión, desvelando sus infidelidades, buscó la felicidad viviendo peligrosamente. Y lo que halló fue la muerte hace catorce años.

Aquella dramática noche en la que murió, el dilema estaba entre echar un polvo en la suite real del hotel Ritz, que no es un mal sitio, ó en un palacete en los Campos Elíseos.

Sabiendo que la Place Vandome estaba totalmente tomada por la prensa, decidieron desafiarles con un juego peligroso.

Diana y Doddy subieron al Mercedes e iniciaron una enloquecida carrera seguida de una jauría que bien sabían ellos no iban a abandonarles.

Posiblemente, es lo que querían. Y sobre todo, que Carlos y la familia Windsor supieran de esa noche de amor en el nidito que Doddy había preparado.

Dicen que allí iba a entregarle el anillo de compromiso. El brutal accidente en el túnel acabó con todo. Y el mundo entero supo la indigna muerte que había tenido Diana.

Cuan ridículos fueron millones de británicos con aquel dolor histérico. Y entre todos los británicos, el patético Elton John. ¿Y qué me dicen de Tony Blair? Avergonzado y arrepentido debe estar hoy. No solo por la ridiculez del título que le otorgó sino por haber obligado a la reina Isabel humillarse ante quien tanto daño personal e institucional había hecho. Hasta la BBC reconoció hace dos años haberse equivocado en el tratamiento que dio a los funerales de Estado que Diana no se merecía.

El pueblo sencillo y soberano ha preferido olvidar aquellos días y recordarla quien todavía se acuerde …. en silencio.

¿Qué tiene de extraño que la Familia Real británica no haya organizado este año y otros muchos ceremonia alguna?

Al menos, ha tenido la caridad cristiana de olvidar – la.