Mi querida y maldita Puerta del Sol (II)

Mi abuelo materno era un ilustre magistrado granadino, socialista y masón, amigo de Fernando de los Ríos y Fernández Montesinos, cuñado de Federico García Lorca, asesinado pocos días después que el poeta.

En su despacho siempre tuvo una gran fotografía de la Puerta del Sol, tomada el 14 de abril de 1931, día que se proclamó la República.

Yo empecé a amar la Puerta del Sol por aquella imagen del despacho de mi abuelo. Desde entonces, siempre quise conocerla. Por ello, el día que me escapé de casa, con apenas catorce años, lo hice a Madrid para conocerla. Ignoraba que en ella se encontraba la siniestra dirección general de Seguridad. Como habían denunciado mi escapada, allí mismo me detuvieron. Avisaron a mi padre y una pareja de la Guardia Civil me devolvió a casa en un tren que tardó dos días en llegar con transbordo en la estación de Moreda, donde me hicieron entrega a otra pareja con tricornio y mosquetón.

Pero yo ya había conocido la Puerta del Sol. Ese lugar tan provinciano que el abuelo me había enseñado a amar. Aunque por otros motivos.

En palabras de aquel académico de la Lengua, Federico García Sanchíz “Ya vuelve el español donde solía”, yo a la “maldita” Puerta del Sol, donde también han regresado, esta semana, los indignados, para quienes el ministro del Interior ha pedido a la Policía respeto y consideración, pese a que les llamen asesinos, cabrones e hijos de puta.

Cierto es que los insultos solo son flatus vocis que se lleva el viento. Pero que te escupan y te méen, es otra cosa.

A propósito de ello, nunca he olvidado a aquel juez de un tribunal que juzgaba a un etarra. En un momento del juicio, éste insultó a su Señoría llamándole hijo de puta. El magistrado se levantó, bajó del estrado y dirigiéndose al procesado le gritó: “No te pego dos ostias porque soy el juez”. Fue expedientado aunque con alguna leve sanción, si es que le cayó alguna.

Cargados de razones están estos policías anti disturbios, escupidos y meados en la “maldita” Puerta del Sol por indignados anti Papa, anti clericales y ateos, anti sistema y anti todo. Y lo están para darles una patada en los cojones a quienes les provocaron meándose en sus botas; y cargados de razones para darles un par de hostias a quienes les escupían en la cara. Aunque les cayera una sanción, aunque les expedientaran. Soportar estas agresiones nada que ver con la profesionalidad que, como el valor al soldado español, se les supone, se decía antes. Es la dignidad personal, la dignidad humana de la que muchos indignados carecen, la que se atropelló con estas vejaciones.

Todo ello, porque estos agentes protegían a chicos y chicas de 15, 16 y 17 años, a quienes insultaban y golpeaban simplemente por llevar un crucifijo. Esto no lo digo yo. Lo dice un madrileño en el periódico El Mundo, que se confiesa, no católico sino agnóstico. Y un joven de pelo rapado, con aspecto indignado, reconoce en el mismo periódico el error de las autoridades de Interior y de la delegada del gobierno.

¿Se explicaría alguien –preguntaba- si se autorizara una marcha neo nazi el día de la cabalgata del orgullo gay? Seguro tendrían que dimitir los responsables.

¡Ay Puerta del Sol, escenario de tanto atropello! Nada que ver con aquella Puerta del Sol de mi abuelo, abarrotada de indignados contra la monarquía en la que, el 14 de abril de 1931, se proclamaba la República.

Yo me quedaré siempre con la de la fotografía.