Exclusivas que matan

Las exclusivas son para el periodista, para el periódico, para la revista o para la televisión tan necesarias como el aire que se respira. El éxito del profesional o del medio se mide por los scoop que ofrecen a sus lectores todos los días o todas las semanas.

Nada llena más de orgullo profesional que estampillar una información con la palabra “exclusiva”. En busca de exclusivas andamos todos los periodistas. Por una exclusiva, incluso, “matamos” y traicionamos a la palabra dada. Por conseguir una exclusiva vendemos nuestra alma al diablo y traspasamos, a veces, el rubicón de lo permitido moviéndonos por esa frontera tan imprecisa que separa la privacidad de la intimidad.

Por una exclusiva hay quien llega a delinquir, como le ha sucedido al dominical “News of the World”, invadiendo la intimidad más íntima de las personas, con escuchas telefónicas, un delito penado con la cárcel. Al menos en el mundo sajón.

No podemos olvidar aquí al reportero español Arriazu, acusado, condenado y recluido en una prisión de máxima seguridad en 1995 pese a que no pudo demostrarse su implicación directa en las escuchas ilegales que se practicaron en el domicilio neoyorkino de Gigi Howard, la joven modelo norteamericana de quien se sospechaba mantenía relaciones sentimentales con el príncipe Felipe, entonces soltero.

Hay “exclusivas que matan periódicos”, titulaba un diario madrileño su información sobre el cierre del dominical más leído del Reino Unido, con una tirada de 2.500.000 ejemplares semanales. Hay exclusivas que matan también revistas, digo yo.

Por una gran exclusiva, de esas que solo se consiguen de higos a brevas, arruiné la publicación que yo dirigía. Y a punto estuve de arruinar mi vida profesional. Acabé sentado en el banquillo.

¿La culpa? Las tristemente famosas fotografías de la agonía del general Franco. Un ejemplo terrible de lo que se puede hacer con un hombre, conservándole, gracias a la tecnología, hasta el último espasmo vegetativo.

Aquellas imágenes también demostraban que el general acabo convertido en la terminal de una computadora e instrumentalizado hasta la barbarie. Fue un testimonio impresionante, dramático, estremecedor, que violaba la intimidad más sagrada de todo ser humano: su muerte.

No me cupo la menor duda de que aquello era una exclusiva excepcional. Toda una bomba que yo iba a publicar aunque estallara haciéndome mil pedazos. ¡Y claro que estallo! ¡Y de qué manera!

Después de batir todos los récord de ventas, más de 1 millón de ejemplares en tres días, los anunciantes retiraron las campañas publicitarias; los lectores que habían peleado por tener un ejemplar, volvieron la espalda a la revista. Se me amenazo, se me insulto públicamente (“Es usted un hijo de puta”) y supuso el principio del fin de una publicación que tuvo salida de caballo ganador y parada de burro, por culpa de aquella gran exclusiva.

Hasta Felipe González me critico su publicación y Luis del Olmo, desde su programa “Protagonistas”, llego a decir que la familia Franco debería querellarse.

Aunque salí absuelto de la querella impuesta contra mí por el marqués de Villaverde, autor de las fotografías, el fiscal Gordillo, hoy buen amigo, me reconoció años después que, si de él hubiera dependido, me habría metido en la cárcel.

No hay duda que existen exclusivas que matan.