La triste boda de Charlene

Por Jaime Peñafiel  En todos los años de mi vida profesional y en las cuarenta y nueve bodas reales a las que he asistido –con esta han sido cincuenta-  no había visto jamás que una novia como Charlene Wittstock acudiera a casarse, con el príncipe de Mónaco,  envuelta por tan turbios rumores: que si una semana antes de la ceremonia había intentado huir del Principado hacia Sudáfrica, su país, con un billete de ida pero no de vuelta , que la policía francesa la había retenido en el aeropuerto de Niza a petición de Palacio, que fue obligada a regresar a Montecarlo etc. etc. etc.

Hasta aquí, todo presuntamente cierto. Lo que no están claros son los motivos.  El Principado, el día de la boda, era un mentidero donde todo el que quería escuchar oía una versión diferente. En todas ellas, la víctima era la novia que, al parecer, no quería ser princesa.  Se hablaba de otros hijos amen de los dos ya existentes: Alexander, de 7 años , nacido de una relación accidental con una azafata negra  y una joven, hoy de 19 años, bautizada con el nombre de Grace, que ya son ganas de señalar, nacida de otro encuentro, en este caso con una camarera de Los Angeles. ¡Y pensar que se ponía en duda  la sexualidad del príncipe!

Se ignoran los argumentos que se utilizaron para no solo hacer regresar a Charlene a Palacio sino para convencerla de que, lo sucedido, (que debía ser grave) no debía impedir la boda. Lo cierto es que entre el viernes y el sábado se celebraron las dos ceremonias previstas, la civil y la religiosa, de las que este periodista fue testigo.

En ambas, a la novia le envolvía un halo de tristeza como no he visto jamás en ninguna otra. En todo momento contuvo la emoción y hasta el llanto. Solo se permitió llorar cuando depositaba su ramo a los pies de Santa Devota , la patrona del Principado. En ese momento rompió a llorar. Posiblemente porque no pudo más. El príncipe que, a lo largo de la ceremonia, había intentado ser cariñoso, como toda persona pillada en falta, no se atrevió a hacer nada para consolarla. Allí estaba ella, sola, ante la imagen, sola con su dolor.   Charlene supo en ese instante que se había convertido ya en Su Alteza la Serenísima princesa de Mónaco. Para su bien ó para su mal.

Todo lo que ha envuelto a esta boda, en la que la familia real española ha estado ostensiblemente ausente, (se encontraban representadas todas las casas reales) no augura un buen principio. Sobre todo para ella, la nueva gracia, presuntamente desgraciada ella, del principado.