Nada que ver con la de Diana, la boda de Guillermo y Catalina

La más esperada boda del año se ha celebrado con el entusiasmo popular y el boato que la corte de Su Graciosa majestad británica nos tiene acostumbrados. No en vano se trata de la reina más reina del mundo y la única que, a juicio del rey Faruk, será, junto a los cuatro reyes de la baraja, la que sobreviva en un futuro a todas las monarquías.

Por protocolo, solo los príncipes herederos debían estar obligados a ser testigos de la boda de Guillermo y Catalina. Porque el novio no es el heredero. Lo será cuando su padre acceda al trono por muerte de la reina. Pero no hay que olvidar que los Windsor son longevos.

A pesar de ser Guillermo tan solo el segundo en el orden de sucesión al trono, su boda, con la deliciosa, sencilla y simpática Kate Middleton, ha congregado en Londres a numerosos reyes y reinas. Todos ellos relacionados con la reina Isabel por razones de parentesco. No hay que olvidar que la mayoría de los soberanos europeos descienden de la mítica reina Victoria. Entre ellos, doña Sofía que ha estado acompañada del príncipe Felipe y su esposa Letizia.

Por cierto, este mismo viernes han regresado a Madrid para continuar viaje a Roma donde representarán a España en la beatificación de Juan Pablo II. A propósito de esta ceremonia romana, hay quien piensa que Letizia iría de  blanco. Gran ignorancia. Ese color solo es privativo de las reinas católicas: España, Bélgica y Luxemburgo. Ella irá de negro con mantilla española, también negra, y peineta.

Londres, durante dos días y sus noches respectivas ha sido un inmenso dormitorio. Me recordaba a lo de Sintel, cuando los obreros despedidos montaron su campamento en el madrileño paseo de la Castellana, durante varias semanas.

Aquí, en la capital británica no eran obreros con problemas laborales sino ciudadanos de toda condición social y edad con el más variopinto atuendo. Desde la bata boatiné y pantuflas a la que lucía sus mejoras galas y corona full incluida. Puro surrealismo.

El tiempo, climatológicamente hablando, se sumó al acontecimiento luciendo un sol casi primaveral, contra todo pronóstico.

La boda ha reunido en la capital del reino a 8,000 periodistas de todo el mundo y fue seguida por dos mil millones de teleespectadores. La de Diana, por 700 millones.

Ha sido la primera vez en las 49 bodas reales que he asistido que no ha habido oficina de prensa sino la página web de la Casa Real británica. Si no tenías ordenador, fastidiado estabas.

También por vez primera los novios han pedido a sus invitados que, en vez de regalos, envíen dinero para sus obras asistenciales. La familia real española lo ha hecho aunque, por elegancia, no han querido desvelar la cifra.

La reina, al igual que la duquesa de Alba sus hijos el día de la boda, les hace aún más nobles, metafóricamente hablando, concediéndoles títulos. Tal hizo también el rey don Juan Carlos con las infantas a quienes otorgó los ducados de Palma y de Lugo.

En esta ocasión, la reina ha nombrado a su nieto y consorte duques de Cambridge, nada que ver con la universidad.

El último duque con este título fue el príncipe George, nacido en 1819, quien siempre estuvo en contra de los matrimonios de Estado.

El se casó con una actriz , en 1847, cuando espera con ella su tercer hijo. El matrimonio nunca fue reconocido por la reina Victoria.

Todo un símbolo en favor de las bodas por amor. Como la de Guillermo y Kate que, desde hoy, ya se llama Catalina.

Mi próxima que hará la numero 50 será el 1 de julio próximo: se casa el solterón de oro de las monarquías, el príncipe soberano Alberto de Mónaco con la sirena Charlene Wittstock. Esa si que será una boda real ya que el novio es un soberano reinante aunque sea de un pequeñísimo país. Ese día, como hoy aquí con Diana, en Mónaco Grace también la gran ausente presente.