Cubriendo las apariencias

El día en que se anunció, oficialmente, el compromiso matrimonial del príncipe Guillermo ó William, como ustedes gusten, con la joven Kate Middleton, el padre del novio, el príncipe de Gales, declaró a los periodistas que no había por qué preocuparse sobre el futuro de este matrimonio: “Llevan ocho años practicando”. O lo que es lo mismo: ocho años compartiendo lecho y techo. Resumiendo: acostándose.

Es el nuevo sistema entre los jóvenes, sean o no sean de familias reales: las relaciones prematrimoniales.

A lo mejor, si el príncipe Carlos las hubiese mantenido con Diana, aquella pobre muchacha que llegó virgen a su boda, ante el regocijo de Su Graciosa Majestad la Reina, otro hubiera sido el resultado de aquella conflictiva convivencia. A lo peor no. El príncipe de Gales llevaba, el día que se casó, otro amor no solo en su corazón. No precisamente platónico sino en forma de tampax, como gustaba decir a quien es hoy su esposa, Camilla. Entonces amante.

No recuerdo quien decía que el futuro de un matrimonio depende de la primera noche. Es mucho decir. En algunos casos, puede. Sobre todo, antes.

Hoy, cuando unos jóvenes, como Guillermo y Kate, deciden casarse no lo hacen como nuestros abuelos (“hasta que no estamos casados, nada de nada”). Porque el sexo era entonces el anzuelo puesto por la novia. Hasta el emperador Napoleón III picó cuando mi paisana, la granadina Eugenia de Montijo, le dijo que si quería acostarse con ella, tendría que casarse primero, convirtiéndose, de esta forma, en la emperatriz de Francia, con una vida realmente desgraciada después.

Hoy, los jóvenes se casan no por el sexo sino porque se aman o creen amarse y desean legalizar una relación que ya existe de hecho.

Ello no impide que, para cubrir las apariencias, la víspera de la boda la novia regrese al hogar paterno, desde donde saldrá blanca y radiante, como si fuera una novia virgen.

Kate Middleton ha decidido hacerlo durmiendo no en casa de sus padres, ni en uno de los palacios de Su Graciosa Majestad. Como hizo Diana y también Sophie. O como Letizia Ortiz que no solo vivió sus últimas semanas de soltera en La Zarzuela sino que salió del Palacio Real, donde se vistió para dirigirse a la Catedral de La Almudena. Allí la esperaba un impaciente príncipe y un disgustado rey por muchos motivos. “Que la traigan ya”, ordenó, malhumorado, ante el retraso de la novia, debido al aguacero que aquel día caía no sobre Madrid sino sobre el escenario de la boda.

Kate lo hará desde un simple hotel, The Goring, donde habrá pasado la noche, en compañía de su familia. Es la primera vez que tal cosa sucede. Como otras muchas que la diferenciarán de la boda de Diana y que ya contaremos a nuestros internautas en sucesivas crónicas desde Londres.