El discurso del rey o una abdicación irresponsable

La concesión de cuatro Oscar a la película inglesa “El discurso del rey”, dirigida por Tom Hooper, ha puesto de manifiesto los problemas de las abdicaciones en las monarquías europeas.

En este caso, una abdicación irresponsable: la de Eduardo VIII en su hermano Bertie, que reinaría con el nombre de Jorge VI y protagonista de la película galardonada.

El guión de David Seidler, también galardonado con un Oscar, se centra en la acusada tartamudez del soberano, encarnado por el actor Colin Firth, y en los méritos de su logopeda, interpretado por el actor Geoffrey Rush. Pero ignora los dramáticos esfuerzos de su esposa, la reina consorte Isabel, en la película la actriz Helena Bonham Carter, no solo para ayudarle a superar las graves dificultades del rey al hablar, sino también a sobrellevar una serie de dolencias y enfermedades, agravadas tras la abdicación de su hermano.

Bertie, duque de York, no solo era tartamudo sino que padecía arteriosclerosis que le causaban fuertes dolores en las piernas. Además, cáncer de pulmón.

En 1949, se sometió a cirugía lumbar para aliviar el sufrimiento y evitar la gangrena. A punto estuvieron de amputarle ambas piernas.

De pequeño se vio obligado a mantenerse de pié gracias a unos soportes de hierro. Antes de morir, el 6 de febrero de 1952, de una trombosis coronaria, se había sometido ya a tres operaciones.

Por todo ello y mucho más, su esposa no le perdonó nunca a su cuñado que echara sobre los hombros de su marido, un hombre tan delicado, la grave responsabilidad de una corona a las puertas de la guerra mundial.

Y todo porque Eduardo VIII antepuso la devoción por Wallis Simpson, una mujer dos veces divorciada, a la obligación de reinar.

Eran tales los efectos de tantas enfermedades que padecía Jorge VI, que su esposa tenía que maquillarle antes de aparecer en público, para que no se advirtiera la lividez cadavérica en su rostro.

Cada vez que la reina le aplicaba el colorete, él maldecía a su hermano pero, sobre todo a su cuñada: “Nada de esto me habría pasado si Wallis se hubiese quedado en América”. “Esa aborrecible Simpson es la culpable del deterioro de la salud de mi marido”, decía la reina.

En la película “El discurso del rey” no se recoge el esfuerzo de Isabel para facilitar la lectura de los discursos del soberano, suprimiendo ó cambiando, con la autorización del Jefe de Gobierno, todas aquellas palabras en las que los tartamudos suelen atrancarse.

A Jorge VI no le complicó la vida la tartamudez y las enfermedades que le condujeron a la muerte cuando no había cumplido todavía los 56 años, sino convertirse en lo que nunca quiso: el rey de Inglaterra.

Desde que contrajo matrimonio, decidió llevar una vida muy tranquila. Su mayor felicidad era su esposa y sus dos hijas, Isabel y Margarita. Para el no había nada como sentarse uno a cada lado de la chimenea, felices el uno con el otro, sin necesidad de más diversión.

Resulta curioso saber que, mientras ella leía, el duque de York, título que su padre Jorge V le había concedido… bordaba.

Era increíblemente hábil con las agujas. Nadie podía imaginarse que las fundas de los sillones en los que se sentaban habían sido bordadas por el futuro rey. Un futuro rey del que nadie podía pensar que fuera a serlo un día. El… tampoco. Ser rey le mató. El culpable, su hermano el duque de Windsor, con la colaboración de Wallis Simpson.