Un noviazgo “institucionalizado”

Han pasado ya tres años desde que la duquesa de Alba me telefoneara, un domingo inolvidable, llorando porque sus hijos le impedían casarse con Alfonso Díez, el hombre que amaba. Fue casi una hora de dramática y dolorosa conversación. Por mi parte, solo cupo escucharla con respeto, con mucho respeto.

Minutos después, me telefoneaba Carlos, duque de Huéscar y heredero del Ducado de Alba, reprochándome que prestara oídos a su madre. Entendí su preocupación y hasta su oposición a las relaciones sentimentales de Cayetana (83 años de ella frente a los 58, entonces, de él). Pero poco ó nada podía hacer yo.

La situación era tan tensa y desagradable que, incluso, se solicitó la mediación del rey para intentar convencer a la duquesa más duquesa del mundo: desistir de la locura de aquella relación. Me imagino que don Juan Carlos debió pensar que, para problemas, los suyos con el matrimonio de su heredero. “Cayetana, ni tu ni yo estamos ya para esos trotes”, pudo decirle.

Desde aquel día, la opinión pública y, sobre todo, la opinión publicada, tomó posición. La mayoría en contra de Alfonso Díez.

Se le insultaba, se le denigraba con ataques de juzgado de guardia. Hasta se dudó de su sexualidad.

Me quedé solo defendiéndole. Incluso frente a los hijos de Cayetana, los únicos con derecho a dudar de las intenciones del hombre de quien se había enamorado su madre.

Cierto es que la duquesa de Alba no necesita para casarse el consentimiento de nadie aunque sí la “aprobación” de Su Majestad el rey. Un trámite protocolario por ser vos quien sois. Pero ha preferido, por aquello de tener la fiesta familiar en paz, que sus hijos acepten al hombre que ama, al hombre con quien desea casarse.

Desconozco quien ha actuado de “hombre bueno”, haciendo posible el milagro. El milagro de que, por primera vez, Alfonso Díez se reúna, en presencia de Cayetana, of course, con Carlos, duque de Huéscar, Cayetano, conde de Salvatierra y portavoz de los hermanos, y Fernando, marqués de San Vicente del Barco.

Digamos que se trataba del sector duro de los hijos de la duquesa. En el último momento, se agregó a la reunión Eugenia, duquesa de Montoro. Alfonso, duque de Aliaga, y Jacobo, conde de Siruela, nunca se pronunciaron.

La cumbre se celebró en el palacio de Liria, algo así como el palacio real de la casa de Alba y el lugar ideal para institucionalizar el noviazgo ducal.

“Se que no gusto”, pudo decir Alfonso, como en su día Jesús Aguirre. Estoy seguro que hará lo posible por gustar. ¿Lo conseguirá como el gran duque consorte Aguirre?

Después del trascendental encuentro, ¿hay ya vía libre para la boda?, se pregunta el personal. Hay que pensar que sí. Se celebrará este año y en la intimidad. Posiblemente en Dueñas.

Sabremos de ella por un comunicado oficial.