A algunos títulos les sobraba la grandeza

A propósito de los títulos nobiliarios concedidos, la pasada semana, por el rey a Mario Vargas Llosa, Juan Miguel Villar Mir, Aurelio Menéndez pero, sobre todo, Vicente del Bosque y otros cuarenta y siete desde que subió al trono, hubo uno que se concedió, a petición suya, sin que el entonces príncipe Juan Carlos tuviera arte ni parte.

El 8 de marzo de 1972, tenía lugar en el palacio de El Pardo una de esas bodas que los cronistas de sociedad califican como “la del año”: Maria del Carmen Martínez Bordiú Franco, la nieta más amada del general, se casaba con Alfonso de Borbón Dampierre. Se trataba de un joven a quien su abuelo, el rey Alfonso XIII, le inscribió, en 1941, en el famoso almanaque Gotha, con el tratamiento de Excelencia. Según la expresa voluntad del soberano español, los hijos de su hijo, el infante don Jaime, no debían tener la dignidad de personas reales.

Pero, desde que se anuncia la boda y hasta mucho tiempo después, Alfonso de Borbón no sólo no recibió el tratamiento que le otorgara su abuelo sino que, en los círculos próximos a El Pardo, fue llamado y considerado “príncipe”. Con todo el protocolo que ello lleva consigo: Reverencias, tratamientos y lugar preeminente en actos oficiales. Hasta doña Carmen le hacía el plongeon en público.

Como el general vivía inmerso en una auténtica oligarquía femenina, la de las cármenes, las presiones familiares dieron su fruto ocho meses después de la boda.

Coincidiendo con el nacimiento del primer hijo, un decreto, firmado por Franco, el 2 de noviembre de 1972, “facultaba a don Alfonso de Borbón Dampierre a usar el título de duque de Cádiz y el tratamiento de Alteza Real para él y sus descendientes”.

Hasta aquí todo lo correcto que el tema podía ser. Consciente Franco de sus limitaciones para otorgar nobleza de tal envergadura, lo hizo “a petición del futuro rey de España”, aprovechando que éste se hallaba de viaje en Inglaterra. Por supuesto, sin habérselo consultado previamente.

A su regreso, don Juan Carlos se encontró con la desagradable sorpresa del decreto ya firmado y con algo más: El proyecto de nombrar también a Alfonso príncipe de Borbón.

A esto, se opuso tajantemente don Juan Carlos y amenazó, incluso, con marcharse. Fue la primera y única vez que puso los huevos encima de la mesa de Franco. Logró evitarlo. Lo del ducado, no hubo manera. Pero, a la trágica muerte de Alfonso de Borbón, el título de duque de Cádiz volvió, de nuevo, a la Casa Real.

Como decimos al comienzo de esta crónica, el rey ha concedido, hasta hoy, cincuenta y un títulos. Pero no todos de su agrado y a quienes lo merecían.

No hay que olvidar que los dos primeros otorgados fueron, el 26 de noviembre de 1975, cuatro días después de ser coronado como rey, a doña Carmen Polo, viuda de Franco, a quien concede el Señorío de Meirás, con Grandeza de España (pienso que la Grandeza sobraba) y a su hija, Carmen Franco Polo, un ducado, éste sin Grandeza, título que, desde que se implantó la primogenitura, pasará a su hija, la inefable Carmen Martínez Bordiú, con lo que José, su esposo, se convertirá en duque consorte.

De todos los títulos que posiblemente más le costó y desagradó otorgar al rey fue el de su mayor enemigo, Carlos Arias Navarro, a quien, el 2 de julio de 1976, concede un marquesado con la Grandeza que el ex presidente nunca tuvo.