Mal empezamos muchacha

Nadie puede negar, este columnista tampoco, que las monarquías, esa institución medieval que todavía se mantiene en el siglo XXI, necesitaba modernizarse. Pero dentro de un orden.

El primer paso para ello, acabar con el carácter endogámico de las casas reales, permitiendo que reyes, reinas, príncipes y princesas se casaran por amor con personas fuera de las dinastías actualmente reinantes.

Las bodas de Rainiero, el soberano monegasco con Grace Kelly; de Balduino de Bélgica con Fabiola de Mora y Aragón; Carlos Gustavo de Suecia con Silvia Sommerlath; Beatriz de los Países Bajos con Claus von Amberg y Margarita de Dinamarca con Henri de Mompezat, supusieron un soplo de aire fresco en las apolilladas monarquías. A pesar de estas uniones tan desiguales, seguían manteniendo la tradición inherente a la Institución.

Pero, cuando los hijos de esos reyes decidieron seguir el ejemplo de sus padres, casándose con quienes querían, la mayoría de las veces con quienes no debían, las monarquías comenzaron a igualarse tan por abajo que no solo entró aire fresco sino la vulgaridad de los divorcios y las separaciones.

Las nuevas consortes pretendían la cuadratura del círculo de la monarquía: su democratización, algo imposible dando el carácter dinástico en el que el hijo ó hija no solo hereda el trono sino también la Jefatura del Estado. Nada que ver con la democracia.

Cada boda desigual de los herederos le ha dado a las monarquías en toda su línea de flotación. Intentando democratizarlas, a base de “letizias”, solo se ha conseguido acercarlas a la república, alejándolas de la magia y de la tradición.

Kate Middleton, la joven plebeya prometida del heredero del heredero, Guillermo de Inglaterra, ha ido más lejos que ninguna otra, en su ingenuo deseo de acercarse al pueblo. No solo ha renunciado a tener servicio doméstico para jugar a las casitas con su maridito sino que tampoco quiere carroza para el día de su boda. Al menos para trasladarse desde su residencia a la abadía de Westminster, en vez de la acristalada tirada por caballos, que Diana utilizó para dirigirse a la catedral de San Pablo, donde se casó. La hija del piloto de la British y de la propietaria de un negocio de venta on line de artículos infantiles, prefiere ir en coche, acompañada por papá.

Los británicos lamentan la decisión de Kate, ya que atenta a la tradición, tan arraigada en Inglaterra, en lo que a la monarquía se refiere. Esta trasgresión de la joven les ha dolido profundamente. Porque la tradición no solo le ha sido dada a la monarquía por derecho de herencia sino que, para conservarla, el pueblo se ha identificado con ella hasta el extremo de ser hoy el más tradicional de todos los países europeos.

Mal empezamos, muchacha.