Tres reales decretos… a dice mil kilómetros de distancia

La ciencia avanza que es una barbaridad, se decía antes. Gracias a esos avances, el rey don Juan Carlos pudo cumplir con sus obligaciones constitucionales e institucionales aún estando a …. doce mil kilómetros de distancia de su despacho en el Palacio de La Zarzuela.

En esta ocasión, el despacho de Su Majestad era la habitación, la suite de un hotel de la bella localidad argentina de Mar del Plata, donde se celebraba la Cumbre Iberoamericana.

En este escenario, no precisamente regio, el Jefe del Estado español firmó no un decreto ni dos sino tres reales decretos en la noche-madrugada del viernes al sábado. Tres como si lo hubiera hecho estando en España: la Modificación de la Ley de Seguimiento Aéreo, el Control Aéreo por parte del Ministerio de Defensa y el Estado de Alarma.

En Junio de 1992, la ausencia de don Juan Carlos (“El Rey está ausente del territorio nacional” en intencionadas palabras del Presidente del Gobierno, Felipe González) a punto estuvo de revestir una verdadera trascendencia política porque afectaba al entramado institucional.

La presencia del Soberano era necesaria para ratificar, con un real decreto firmado, el nombramiento del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Javier Solana, en sustitución del saliente, por motivos de salud, Fernández Ordóñez.

Pero, a diferencia de hoy, no era posible sin la presencia física del Rey para firmar dicho decreto. Se publicó entonces que se encontraba en Suiza realizándose un chequeo. También que, simplemente, descansando.

El general Sabino, de acuerdo con el Presidente del Gobierno, decidió que lo más conveniente era que don Juan Carlos regresara inmediatamente. Famosa es la frase atribuida al Jefe de la Casa del Rey: “Majestad, mañana tendrá ahí un Mystere para regresar urgentemente”.

Don Juan Carlos regresó a Madrid desde Suiza, donde se encontraba. Ese día, Felipe González acudió a La Zarzuela para despachar con Su Majestad y firmar el real decreto con el nombramiento del nuevo ministro de Asuntos Exteriores.

Era sábado. Un día totalmente insólito para ese despacho. Pero más insólito y sorprendente cuando se supo que el Soberano retornaba de nuevo a Suiza, a pesar de que ese día se celebraba, en la residencia de la infanta Pilar y con asistencia de toda la Familia Real, una cena con motivo del 79 cumpleaños de su padre, el conde de Barcelona, ya entonces gravemente enfermo. Fallecería diez meses más tarde.

La razón del regreso a Suiza esta vez apuntaba a una causa de carácter muy privado, ¿de índole sentimental? Digamos que íntima. Sabino no pudo evitar que el Rey fuera objeto de polémica mediática y además en un tono sin precedentes.

De haber sido hoy, no se hubiera especulado con el extraño viaje y los motivos ya que el Rey no habría tenido necesidad de regresar para estampar su firma en un real decreto. En esta ocasión, han sido tres, y a doce mil kilómetros de distancia.

Por deferencia con la soberanía del país donde se encontraba, República Argentina, no es de recibo firmar acuerdos y decretos desde otros territorios. Por ello, los textos sancionados por el Rey estaban fechados en la Embajada de España en Buenos Aires, que es territorio español. La rúbrica del Rey se transmitió de forma encriptada, reconociéndosela electrónicamente. Que diferencia con aquel año 1992, de tan triste memoria.

Sobre el autor de esta publicación