No a la monarquía selectiva

En el año 1997, con motivo de la crisis de la monarquía británica a causa de la trágica desaparición de la princesa Diana, tras el fracaso de su matrimonio con el príncipe Carlos, la opinión pública y hasta la opinión publicada dejaron oír su voz pidiendo la renuncia del Príncipe de Gales a favor de su hijo Guillermo. Incluso llegó a publicarse que éste y no su padre sería el directo sucesor en el trono de la reina Isabel.

Estos días, con motivo del anuncio matrimonial del heredero del heredero con la joven Kate Middleton, los británicos han vuelto a manifestar, a través de encuestas en periódicos tan importantes como “The Times” o los dominicales “News of the World” o “The Sunday Times“, su preferencia por Guillermo como futuro rey de Gran Bretaña por encima de su padre.

Volveríamos a encontrarnos con una monarquía selectiva. Como en España, donde el general Franco se saltó el orden sucesorio natural, eligiendo al hijo, el príncipe Juan Carlos, en perjuicio de su padre, el conde de Barcelona.

Podría haber sido peor si se hubiera decantado por Alfonso de Borbón Dampierre. Nos hubiéramos encontrado con una monarquía selectiva: El dictador eligiendo un Rey como, en su día, el general Prim con Amadeo de Saboya. O Méjico con el emperador Maximiliano de tan trágico final. O Grecia, un país europeo que buscó un rey en las lejanas tierras de Europa, en 1863. El invento solo duró 104 años, hasta 1967, con el derrocamiento de Constantino y la abolición de la monarquía por referéndum.

Afortunadamente, el impacto emocional de la muerte de Lady Di, que provocó una histeria colectiva, tan peligrosa ella, ha colocado, con el transcurso del tiempo, el tema de la sucesión en su sitio. Donde estaba. Donde está. Donde debe estar.

Aunque existe un sector que siga pensando igual que aquel dramático 31 de agosto de 1997, el heredero natural de Su Graciosa Majestad, la reina Isabel, sigue y seguirá siendo su hijo el príncipe Carlos, el único que, en su día, será el rey de Inglaterra. Así lo establece la ley de sucesión que no puede ser, en modo alguno, alterada por un sentimiento histérico, por muy colectivo que sea él, a causa de la trágica muerte de una muchacha que, siendo como era la madre del futuro rey, no se comportó como tal sino que vivió peligrosa y desvergonzadamente amores y amoríos. Aquella forma de vivir la condujo a la muerte.

Las aguas reales volvieron a su cauce institucional. La monarquía británica seguirá siendo, salvo que el actual Príncipe de Gales renunciara, tan hereditaria como ha sido siempre. La excepción, en 1936, cuando el rey Eduardo VIII, en un gesto de frívola irresponsabilidad, abdicó en su hermano, que reinaría con el nombre de Jorge VI, para ser, tan sólo, duque de Windsor.

A pesar de las encuestas, Isabel reinará hasta su muerte, hasta que la tradicional fórmula ¡La Reina ha muerto! ¡Viva el Rey! convierta al príncipe Carlos en Su Graciosa Majestad británica y a su esposa Camilla, en la reina consorte.

Guillermo y Kate, los herederos del actual heredero, tendrán que esperar. Mucho más que Felipe y Letizia que son los herederos.