A solas con los Reyes aquel 22 de noviembre

El día 22 de Noviembre de 1975, como redactor jefe de Hola que era, estaba acreditado para la solemne ceremonia de juramento y proclamación de don Juan Carlos como Rey de todos los españoles, en el Palacio de las Cortes, hoy Congreso de los Diputados. Era un día histórico ya que suponía el regreso de la Monarquía a España, tras cuarenta y cuatro años de ausencia.

Al finalizar el trascendental acto, los nuevos reyes subieron a un coche descubierto para realizar el recorrido, no precisamente triunfal, hasta el Palacio Real, llamado entonces de Oriente, donde se encontraba expuesto el cadáver del general Franco.

Lo harían por un paseo de Recoletos, Cibeles, Alcalá y Gran Vía, con escaso público. Era sábado y el día no había sido declarado festivo. Tan escaso era que lo realizaron no de pie sino sentados, correspondiendo a los tibios “Viva el Rey”, algún otro “Abajo el Borbón”.

En un momento dado, al descender por la Gran Vía en dirección a la Plaza de España, don Juan Carlos, que me había divisado en varias ocasiones mientras seguí el cortejo caminando cómodamente por las aceras, me hizo un gesto para que le llamara por teléfono.

Al llegar a casa fue lo primero que hice. Me atendió el general Armada, con quien este columnista mantenía una buena relación. Me comunicó que el Rey me recibiría a las 7 de la tarde.

A esa hora, noche cerrada como correspondía al mes de noviembre, yo tomaba un taxi (no conduzco) en dirección a La Zarzuela. Si llego a distraerme mucho, el taxista me hubiera dejado a las puertas del teatro.

Mi sorpresa fue grande cuando, al llegar, advertí que todo estaba más que tranquilo, solitario, ni un vehículo ni una persona.

Llamé a la puerta del palacete y me abrió Francisco, el conserje, el marido de la señora Berenenda, el ama de llaves, los padres de Loli, la doncella de doña Sofía.

Tras una breve espera, un ayudante me invitó a pasar al despacho del Rey.

Posiblemente a pocos periodistas, si es que existe alguno en el mundo, le habrá cabido tal honor: La oportunidad de convivir, a solas, junto a un hombre y a una mujer que, después de duros y dramáticos años de sufrimiento, traiciones y humillaciones, habían sido coronados como reyes, tan sólo unas horas antes.

Y allí estaban, completamente solos los dos. Don Juan Carlos sentado en su mesa de despacho, limpiando, con una bayeta, las cámaras fotográficas que iba sacando de un baulito. Doña Sofía leyendo un buen montón de telegramas.

Durante todo el tiempo que permanecí allí, ni una sola vez sonó el teléfono; ni una sola vez nadie llamó a aquella puerta tras la que se encontraban los nuevos reyes de España con un amigo… periodista.

A nadie parecía importarles mucho que don Juan Carlos hubiera sido proclamado, horas antes, Rey ¿de todos los españoles? Aquella tarde parecía no serlo de nadie.

La familia del Rey, solidaria con don Juan, el gran perdedor, cada uno por su lado; los monárquicos y la derecha o en la cola de varios kilómetros para rendirle homenaje a Franco de cuerpo presente o en su casa, preocupados por el futuro; y la izquierda, celebrando la muerte del dictador o también en la cola para cerciorarse de que estaba realmente muerto.

Aquella reunión a solas, surrealista ella, con los nuevos reyes de España, el 22 de noviembre de 1975, figurará siempre como uno de los acontecimientos más importantes no sólo de mi vida profesional sino a nivel personal, como prueba de la buena relación existente, en aquellos años, entre don Juan Carlos y este periodista que mucho le quería. Cariño, sin duda, correspondido, como se demostró ese día. El más importante de su vida.

Cuando abandoné aquel despacho, sobre la mesa quedó una cámara fotográfica mía. Una Nikon de la que se había encaprichado. No era un regalo. Era algo que le debía. Me la había cambiado por una valiosa Leika-flex suya. Perdió en el cambio.

Han pasado los años y es una pena que una mujer nos haya distanciado.