Ahora, el tipo, se arrepiente

El autor de ese infame libro sobre Letizia Ortiz Rocasolano, la consorte del príncipe Felipe, y de cuyo nombre no quiero acordarme, ha declarado a mi compañera de El Mundo, Emilia Landaluce, que se arrepiente de haberlo escrito.

El pobre diablo ignora que el arrepentimiento, solo, no sirve de nada. No se puede comprar la gracia con el arrepentimiento. No se le puede comprar de ninguna manera, decía Hermann Hesse.

No se entiende que sabiendo que lo único interesante y novedoso del libro puede ser el “informe del CNI”, lo incluye a sabiendas, como lo reconoce, que no solo puede ser falso sino que está convencido de que lo es. ¡Lo nunca visto!

Todos los que nos dedicamos al oficio de escribir, equivocaciones cometemos. O nos equivocan las fuentes en las que hemos bebido. A este columnista puede que le haya sucedido más de una vez. Pero, como periodista responsable, he rectificado, al igual que, como creyente que soy, cuando peco, me arrepiento.

Pero no es lo mismo publicar algo que sabes es cierto aunque difícil de demostrar. Si estás convencido, hay que mantenerlo asumiendo las consecuencias. Lo grave es hacerse eco de un documento falso. Sabiéndolo. Como ha hecho el autor quien también se arrepiente de haber escrito el libro sobre Letizia. ¡Haberlo pensado antes!

Encima, parece estar convencido de haber hecho un buen trabajo pero confiesa que “detesta la prensa del corazón”, cuando el libro es un corta y pega de artículos ya publicados en la citada prensa y en otros medios, muchos de ellos de este columnista. ¡Menuda bibliografía!

Se dice ser periodista, pero, confiesa, no trabajar desde 1996. Para defenderse, recurre a ese latiguillo infumable, impropio de un profesional: “la prensa saca todo de contexto”. Corta (lo sabe hacer muy bien) y navega, muchacho, que vienen los vikingos.