Polémica ausencia y gozosa presencia

Esta semana la prensa se ha ocupado, ampliamente, de dos sucesos, digamos sociales. Uno en Barcelona; otro en Madrid. 

La importancia mediática lo ha sido no tanto por los acontecimientos en si, un funeral y una boda, sino por una polémica ausencia en el primer caso y una gozosa presencia en el segundo, de dos personajes de relevante categoría: Iñaki Urdangarin, esposo de la infanta Cristina, y Alfonso Díez, novio de la duquesa de Alba

Cayetana ha aprovechado la boda de un nieto de la duquesa de Medina Sidonia, uno de los tres grandes ducados españoles junto al de Alba y Medinaceli, para presentar en sociedad a su prometido. 

La llegada de la aristócrata con más títulos del mundo, vestida como una novia, al templo de Santa Bárbara de Madrid, del brazo de Alfonso, ha sido la foto del año. 

El columnista siempre apostó por esta relación sentimental a pesar de los 84 años de ella frente a los 59 de él. 

Se trata de una historia de amor con final imprevisto: lo mismo puede acabar con una boda sorpresa, por la iglesia of course, que quedarse como están por aquello de mantener la paz familiar ante la oposición de los hijos. 

Si la ausencia es el peor de los males, el tormento de la presencia puede ser peor que el de la ausencia. A esta conclusión puede que haya llegado Iñaki Urdangarin, quien, a lo peor, ha preferido no estar en el funeral por Juan Antonio Samaranch aunque la presencia de toda la Familia Real en pleno hizo aún más relevante la ausencia del todavía duque consorte de Palma.

La llegada en solitario de la infanta Cristina a la Catedral de Barcelona, muy enlutada ella,  para asistir a las exequias del que fuera Presidente del COI, recordó a Carolina de Mónaco llegando, también en solitario, a la Catedral de la Almudena de Madrid el día de la boda de Felipe y Letizia. 

Si en este caso todo el mundo supo el motivo (una noche madrileña de vino y de rosas de su marido Ernesto de Hannover) sobre  la ausencia de Urdangarín en la catedral barcelonesa, el 23 de este mes de abril, nadie ha sabido dar razón. Item más, cuando cinco días después, el 28, acudía , en solitario, a ofrecer sus condolencias a la familia Samaranch en un funeral en Madrid. 

Se cuenta, se dice, se especula, se rumorea que entre los muchos negocios “afanados por la larga mano olímpica del duque de Palma” se encuentra, entre otros muchos, “dos suculentas, digamos donaciones, una de Matas y otra de Camps, una de millón y cuarto y otra del doble ó triple, esta última por unos juegos olímpicos europeos que no existieron nunca” (Federico Jiménez Lozanitos dixit en El Mundo). 

Este espinoso tema, amén de otros ¿de índole personal? le han colocado en una difícil situación ante su “todavía real suegro”. 

Ya lo he dicho siempre: trabajo, si; negocios, no. Aunque Iñaki Urdangarin reúna cualidades para ello. Pero el hecho de estar casado con quien está, exige otro tipo de comportamiento y entre ellos, por supuesto, no rentabilizar el parentesco real como si se tratara de un cheque al portador para ganar dinero.