Si él no quiso la familia tampoco

El 4 de Junio de 1948, se publicaba un decreto que decía: “Todas las referencias que en la nueva legislación, cuya vigencia se establece, se hacen al Rey y a la Monarquía, se entenderá que se atribuyen y contraen al Jefe del Estado”.

Amparándose en este decreto, el general Franco firmó 38 concesiones de títulos nobiliarios aunque, por aquel sentido del ridículo que para algunos tenía y, para justificar el hecho ó justificarse, añadió un patriótico preámbulo a la ley en el que se decía que la concesión era un premio a “acciones heroicas y servicios extraordinarios dignos de parangonarse con los más famosos que registran nuestra historia”.

El Ejército se llevó la palma con 16 generales ennoblecidos, siguiéndoles los falangistas con diez títulos de nobleza.

Pero,  muerto el General, se acabó la “gracia” y, a diferencia de éste, el Rey, el único que tiene potestad para otorgar títulos de nobleza, lo hace, desde el primer momento,  no a militares como Franco sino a personas que han destacado, a lo largo de su vida, por su servicio a la Corona pero, sobre todo, por la especial relevancia de su vida profesional.

Aunque don Juan Carlos no es, precisamente, lo que se dice un soberano ilustrado, ya que su cultura es, al estilo de los militares de entonces, más bien cuartelera (pasó por academias militares y no por universidades) sabe valorar a los intelectuales y a los científicos a quienes gusta distinguir no sólo con su aprecio personal sino con títulos de nobleza.

Los últimos, esta pasada semana: un académico, como Gonzalo Anés, Presidente de la Real de la Historia; un pintor, como Antonio Tapies; una editora, como Roser Rahola; y un presidente de una fundación para la innovación tecnológica, como José Sánchez Asiaín. También a Marcelino Oreja y a Iñigo Moreno de Arteaga. A todos ellos, un marquesado.

Ahora nos hemos enterado que era deseo del Rey hacer marqués a Miguel Delibes. Con tal motivo le telefoneó cinco días antes de su muerte. Sorprendentemente, el gran escritor desaparecido no le dijo que lo aceptaba ni tampoco que lo rechazaba. Pero dentro de su sencillez y modestia , que presidió toda su vida, quedó con que “se lo pensaría”. Murió sin darle tiempo a ello. Posiblemente, no lo hubiera aceptado.

Según Alberto Aza, Jefe de la Casa del Rey, Su Majestad insistió en concederle el marquesado, a título póstumo, pero la familia declinó  tal honor por “no sentirse capaces de representar, en un asunto tan personal, la voluntad de Delibes”, siempre marcada por la humildad y la sencillez. De tal palo tales hijos. Nada que ver con Camilo José Cela y su inefable viuda.

No es la primera vez que esto sucede. Aunque parezca increíble, si ha habido quienes rechazaron el título nobiliario que les ofrecía el Rey. Por diferentes motivos que Delibes pero lo rechazaron.

Tanto el ilustre bioquímico, de nombre mundial y Premio Nobel de Medicina, Severo Ochoa, como el escritor y académico de la Lengua, Pedro Laín Entralgo, rehusaron en su día, cortésmente, la distinción real. No por soberbia ni enemistad personal con el Monarca sino por coherencia con sus respectivas manera de pensar. ¿Republicanos? Puede.  Vaya usted a saber.