La era tecnológica y lo imprevisible

Aún recuerdo el asombro de mi bisabuela con la aparición en España de la televisión – es cosa de brujas decía – a mediados del siglo pasado y, por otro lado, siquiera hace 15 años, el mero hecho de sacar una fotografía y enviarla a un amigo en Nueva Zelanda, en cuestión de segundos, era asimismo objeto de más de una chanza y sonrisas.

Lo que vemos hoy es algo ya alucinante pero nadie se asombra de lo que está por venir con el cambio tecnológico. Empezamos a estar curados de espanto.

Nos encontramos en el umbral de una revolución que altera nuestra forma de vida, trabajo y relaciones. Probablemente ante unos cambios nunca experimentados – si cabe aún más – que van a transformar a la humanidad.

La primera revolución industrial utilizó el agua y el vapor para mecanizar la producción, la segunda la electricidad para la producción en masa y la tercera la electrónica e informática para su automatización. Estamos ahora ante ¿una cuarta? caracterizada por la revolución digital que bordea los límites entre lo físico, lo biológico y desde luego la digitalización.

Seguramente la transformación viene de la mano de la velocidad y su impacto en todos los sistemas y lo hace de forma exponencial transformando los sistemas de producción, administración y gobierno.

Hoy ya las posibilidades de billones de personas interconectadas a través de teléfonos móviles con una capacidad de proceso inimaginable, capacidad de almacenamiento y acceso al conocimiento son casi ilimitadas. Y estas posibilidades se expanden en campos como la inteligencia artificial, robótica, vehículos autónomos, nanotecnología, biotecnología… etc.

La pregunta que nos hacemos es cómo nos afectará en lo general y en lo particular. Esta nueva era industrial va a cambiar no sólo lo que hacemos sino cómo somos. Afectará a nuestra identidad y a todo lo asociado a ella: la privacidad, la noción de propiedad, las forma de consumo, el tiempo dedicado al ocio y al trabajo, en definitiva a nuestras relaciones, en una lista interminable de posibles, sólo limitado por nuestra imaginación. Nos encontramos ante cambios imprevisibles.

Y también, las nuevas tecnologías van a incidir en la forma de gobernar empresas y naciones posibilitando a los ciudadanos enlazar con Gobiernos, manifestar sus opiniones, coordinar esfuerzos e incluso supervisar directamente la gestión de los asuntos públicos de igual forma que los Gobiernos podrán incrementar su control sobre la población mediante sistemas de vigilancia y el control de la infraestructura digital.

Sin duda, la capacidad de los sistemas de gobierno para adaptarse a todo este entorno es lo que va a determinar su supervivencia. En esta nueva era de rápidos cambios los legisladores y gobiernos tienen ante sí el reto de adaptarse o fenecer.

Por supuesto que también afectan estos cambios a la naturaleza de la propia seguridad y defensa, en conflictos en los que lo “hibrido” se acentúa combinando las técnicas clásicas de la guerra con actores no estatales produciéndose una bruma entre lo que es guerra y paz, combatiente y no combatiente, o incluso violencia o no violencia, como es el caso de la guerra cibernética. A medida que este proceso se impone y las nuevas tecnologías, como por ejemplo, las armas biológicas se hacen más fáciles de usar, al alcance de individuos y pequeños grupos, la cooperación entre Estados se hace perentoria para evitar daños masivos.

Para evitar males imprevisibles se hace necesario desarrollar una visión global y compartida de todo cuanto he expuesto y cómo afecta a nuestras vidas modelando nuestra evolución social, cultural y humana. Nunca ha habido seguramente tales tiempos de esperanza o de peligro descontrolado como ante el que nos enfrentamos.

Y termino ya este esbozo de lo que está por venir y vuelvo al siglo XIX de la vida política diaria española. Sí, al siglo XIX que es donde se mueven nuestros políticos de hoy.