La LMH, la represión comparada y diferencias

La reciente Proposición de Ley de reforma de la vigente LMH que el PSOE ha presentado, y el Congreso ha admitido a trámite, ha soliviantado de nuevo los ánimos de una parte de la sociedad española que asiste atónita a estos movimientos sin acabar de entender este afán por levantar heridas en lugar de dedicarse a resolver los verdaderos problemas que le preocupan.

Vaya por delante que respeto profundamente los deseos legítimos de todo aquel que quiera honrar a sus padres y abuelos desaparecidos, o asesinados en la guerra civil de 1936/39; sin embargo hemos asistido, y asistimos, a una continuada aplicación torticera de esta Ley al amparo de una interpretación sesgada y sectaria de la misma que está encontrando  dificultades obvias por ello en los tribunales como estamos viendo a diario.   Ante esto – y quizás por eso mismo – nos encontramos ahora con una Proposición  que va mucho más allá de las intenciones reales de la vigente LMH. Una Proposición que se basa en la mentira y la falsedad de la historia desde sus propios cimientos. Y es hora que hagamos caso a historiadores  objetivos – que los hay – para que se pongan las cosas en su sitio y se dé lugar a la verdad histórica con justicia. Y una de estas grandes falsedades es la relativa a la represión tantas veces citadas en la nueva Proposición de Ley.

Por supuesto que al finalizar la guerra, el bando nacional, vencedor en la guerra, procedió a una represión que no se puede negar, más esta, aún siendo dura, no alcanza los tintes tan exorbitados que nos están haciendo creer.

Para analizar esto lo primero que hay que hacer es ponerse en las circunstancias del momento y ser consciente de que estamos hablando de una guerra civil en la que se habían producido desmanes de todo tipo por ambos bandos. Y por cierto, no quiero ni pensar cual habría sido la posible reacción del bando rojo en el caso de haber sido este el vencedor; pero no es esta la cuestión ni la finalidad de estas líneas sino analizar desde otra perspectiva esta situación a ya 80 años de aquella desgracia.

Antes de nada, y para que conste como referencia, tomo los datos que leo de uno de los últimos libros de Stanley G.Payne en el que se calcula que los ejecutados en la denominada represión fueron unas 28.000 personas de las 51.000 sentencias de muerte dictadas – todas por gravísimos delitos de sangre – y que en ningún caso alcanzó las dimensiones habidas en las peores dictaduras de la época. Y pese a que se cobró casi tres decenas de miles de vidas, la represión respetó las reglas vigentes.

En cualquier caso una desgracia de la que nadie se debe congratular pero el tema es que hoy España se encuentra integrada en Europa de pleno derecho y tal parece por lo que nos cuentan y vemos día a día que somos dentro del continente el único país en el que seguimos permanentemente ajustando cuentas del pasado como si allende las fronteras no hubiera pasado nada. Y claro que pasó y mucho. La diferencia es que da la impresión de que en Europa o son mucho más inteligentes que nosotros  y tienen la suerte de no tener en su interior la vena carpetovetónica que tanto daño nos ha hecho a los españoles o que no tienen en sus parlamentos desde hace tiempo a una izquierda caduca y rancia al más puro estilo bolchevique. ¿Acaso en otros países europeos no sucedió algo parecido?

Así, demos un ligero repaso a lo que pasó, por ejemplo, en nuestra vecina Francia al acabar al II GM.

Sólo al mes siguiente de la liberación de París las detenciones ya ascendían a 80.000 personas por el hecho de haber formado parte de los sistemas de seguridad del Estado, haber colaborado o tener amistad con miembros del Gobierno de la Francia de Vichy, haber luchado contra la Unión Soviética en el Ejército Alemán, haber hecho propaganda del fascismo, no haber ayudado a miembros de la Resistencia Francesa o haber sido un intelectual vichysta entre otras cosas.

De entrada, el jefe de Gobierno de la Francia de Vichy, Pierre Laval, fue fusilado en Fresnes así como también fue pasado por las armas el que fuera Ministro de Colonias, Almirante Platon. Casi todos los miembros que componían la policía de Vichy fueron fusilados, empezando por su jefe Joseph Darnand y un buen número de ellos murió de una forma muy cruenta  tras duras torturas y ser expuestos en público ante los pueblos y aldeas, algo de lo más parecido a la Inquisición en la Edad Media. Las múltiples detenciones que se hicieron en la primera semana y en las siguientes, fueron seguidas de un juicio en el que el acusado no podía defenderse, siendo de ese modo privado de su defensa personal. Todos los derechos que garantizaba la democracia fueron anulados en la llamada “depuración”, por esa razón se llevó a ejecutar a casi todos los acusados, ya que aunque la mayoría eran inocentes, los tribunales antes de celebrar el juicio ya sabían a quién iban a condenar, pues se movían más por odio que por razón.

La “vendetta” se propagó por toda Francia sobre los partidarios del régimen de Vichy y los clásicos “paseos” de la guerra civil española, además de checas, se extendieron con un terrible efecto. Así, fue habitual el coger personas en un pueblo acusadas de una determinada ideología política, aunque a veces no tenían por qué serlo, ya que en estas prácticas se aprovechaba la gente con venganzas personales, para a continuación subirlas en un camión que las llevaba a un descampado donde eran fusiladas.

Pues sí, la depuración en Francia fue terrible; no sólo la hubo en España. No somos tan ajenos a nuestros vecinos. La diferencia es que, hoy, una Francia, no exenta de problemas, es una nación que mira al futuro y pasa página sobre este horrible pasado al contrario de lo que vemos por estos lares donde algunos siguen empeñados en resucitar viejos fantasmas que no conducen a nada bueno.

Es de esperar que se imponga el sentido común en los partidos políticos y que esta sectaria Proposición de Ley no tenga alcance ninguno y que vuelva  el espíritu de la Transición; esa actitud que supieron adoptar quienes sí habían sufrido la guerra. Tal vez sea que la nueva izquierda no sepa hacer otra cosa a la vista de su incultura e incompetencia manifiesta en la gestión de los asuntos públicos.