Al viento las banderas

Reitero que son muchos los artículos que he escrito en esta columna a propósito de la crisis que estamos viviendo en Cataluña y por extensión en España.  Y lo he hecho desde la perspectiva que el estudio de los procesos revolucionarios/subversivos se han producido en la historia; también lo he intentado viendo el desarrollo de los acontecimientos según el patrón de la política española de los últimos tiempos y por supuesto, también, con análisis sociológicos basados en datos fehacientes de población, origen étnico y económicos. Diría yo que lo he hecho desde todos los campos posibles.

Viendo hoy al Sr. Puigdemont en Bruselas y a los partidos independentistas anunciando su presencia en las próximas elecciones del próximo día 21 de diciembre, contraviniendo todos sus principios, debo decir que creo que me rindo ya.

Sinceramente creo que me pasa lo mismo que a Amadeo de Saboya cuando harto de todo tomó las de Villadiego y simplemente entregó su corona al bedel más próximo y se largó.

Esto es simplemente un esperpento y digno de la mejor película de Berlanga o de los hermanos Marx.

Unos proclaman la independencia y a continuación la suspenden, otros le preguntan si la ha proclamado o no, luego muchos firman un documento sin comprometerse jurídicamente con lo que firman, el TC suspende cautelarmente todo una y otra vez, los afectados recurren al TC que no reconocen, las masas abducidas y tan temidas resultan ser unos corderitos de tomo y lomo, los Mossos ahora están con estos y luego con los otros, las empresas muchas de ellas sostenedoras y financiadoras del independentismo cambian ahora sus sedes sociales, Puigdemont y algunos de sus secuaces se van a Bruselas vía Marsella acompañados por varios agentes del CNI, este entro incapaz de localizar 20000 urnas y otras tantas papeletas – o, ¿sí? – anda dando al parecer más tumbos que Carioca, se suceden los pactos secretos – que conoce todo el mundo – al más puro estilo de Mortadelo y Filemón, el Ministro Méndez Vigo nos dice con toda la cara que de ninguna manera la juventud catalana está adoctrinada,……etc, y no sigo porque el cuento sería inacabable.

Pues bien, cojo mis libros, que son unos cuantos, relativos a revolución y subversión y a la papelera van. Aquí en esta España nuestra no hay nada que se pueda tomar en serio; ni siquiera los golpes de estado pues no está de más recordar que, afortunadamente, en los dos golpes de los que he sido testigo – el 23 F y el actual – en la España presente no ha habido ni siquiera alguien que se haya roto una pierna o un brazo y menos aún un muerto. Sí, tumultos, pero poca cosa más. Mucho ruido y pocas nueces. Me alegro que así sea, por supuesto, pero no me digan que no es extraño del todo que se sucedan actos gravísimos como los que estamos viviendo sin que haya que lamentar desgracias personales. Lo dicho: los libros a la papelera.

Más hete aquí que al final sí hay algo digno de resaltar y me quiero referir al pueblo español en general. Un pueblo que salta a las calles ondeando sus banderas con un orgullo que permanecía escondido y que también las exhibe en innumerables casas. Un pueblo adormecido, quizás, pero que ante lo que presienten que es una barbaridad – como lo es el que le quieran arrebatar su Patria – se indigna y se lanza a las calles con entusiasmo. Lo hemos visto en Barcelona el otro día donde un millón de personas  ondeaban al viento con orgullo nuestra bandera. No sé si realmente fue un millón pero sabido es que por cada  persona que ahí está hay tres o cuatro más de su entorno quienes pensando lo mismo no lo están, por lo que es evidente que en esa manifestación, como en otras tantas otras, se puede considerar que sociológicamente son muchos más.

Y entre ese maremágnum de banderas florecen ahora los políticos, causantes en parte de todo el desaguisado, en olor de multitudes, más no debieran engañarse pues uno que es observador no puede por menos que afirmar que la indiferencia de la generalidad de la población con ellos es más que manifiesta. Sí, algunos les vitorean y aplauden pero la verdad es que la mayoría de la población estaba a lo que estaba: a reclamar la unidad de España y a mostrar su españolidad. La presencia de esos seudolíderes les traía sin cuidado.

Pues sí, el espectáculo de la situación política en Cataluña aún va a dar para mucho más, pero tengo para mí que lo único serio es el españolito con su bandera al hombro.

“Dios mío que buen vasallo si hubiera buen señor” clamó Rodrigo Díaz de Vivar, expresión que hoy mil años después sigue vigente.

Al viento las banderas.