Arde Galicia, arde España

Y apareció el fuego en Galicia. Lo hizo de forma repentina y sospechosamente simultánea en multitud de lugares y en tiempo. Nunca antes se había visto una avalancha tal de incendios. Se suceden las hipótesis de las causas, más es comúnmente aceptada la evidencia de la no casualidad de los mismos; es evidente que han sido provocados. Cierto es que en un momento concreto se produjo una concurrencia de circunstancias tales como las altas temperaturas, el viento que arrastraba el huracán Ofelia y desde luego la tremenda sequía imperante. Con todo, es obvio que son esas circunstancias las que los pirómanos han sabido utilizar con maestría para ocasionar el desastre que han ocasionado.

Sin descartar que alguno de los incendios habidos haya sido provocado por la mano de los locos pirómanos que por ahí andan sueltos, en esta ocasión la simultaneidad y localización de prácticamente la totalidad de ellos induce a pensar que nos encontramos esta vez ante una organización perfecta como la responsable de lo ocurrido. Sencillamente una banda organizada con intereses oscuros y que esperemos sea descubierta y puesta a disposición de la justicia.

Y mientras Galicia arde, en Cataluña se suceden los acontecimientos derivados del órdago secesionista que una banda de mafiosos iluminados ha provocado. Por extraño que parezca son muchas las similitudes que se pueden apreciar entre la irrupción del fuego coordinado en Galicia y la de la revolución en Cataluña. Nada es casual y sí bien premeditado en ambos casos; largo el desasosiego y la fractura social en Cataluña; largo el destrozo en los montes gallegos y aldeas; confusión en ambos casos.

En la crisis que el intento secesionista mafioso ha ocasionado hay un aspecto curioso, y yo diría que histórico incluso, apenas percibido por nadie: me refiero a que seguramente, por primera vez en nuestra historia, al dirimirse un asunto tan grave como el de la propia unidad territorial y sentimental de España no hemos visto aparecer ni de lejos la presencia, siquiera de palabra, del estamento militar, del Ejército. Una institución callada o muda pese a tener un claro mandato constitucional. Seguramente un signo de modernidad democrática aducirán muchos al respecto, algo que no coincide con lo acaecido en Gran Bretaña con motivo del referéndum habido en Escocia hace años o cuando los presupuestos de defensa en Francia lindaban con lo inaceptable para los expertos. En ambos casos sí que se pronunciaron con fuerza los responsables militares de esos países, digo yo que democráticos.

Aquí en España el silencio es absoluto. Hemos pasado de la firmeza de la Segunda República ordenando al General Batet sofocar la rebelión a una actual guerra de leguleyos, y de cartas de vuelta encontrada, entre Rajoy y Puigdemont, todo en el mejor estilo de lo que supongo yo que es la modernidad. Seguramente todo un éxito de civismo. La cuestión es que el General Batet cumpliendo las órdenes del Gobierno republicano sofocó la rebelión en horas y aquí ahora llevamos ya casi dos meses en la porfía – y los que quedan – con el deterioro que esto supone para la convivencia, el orden público y la economía.

Sí, arde tristemente Galicia por el fuego, y España en su conjunto, por la traición de unos y la tardanza de otros en despertar ante lo que era previsible hace mucho tiempo.