Profanación de tumbas y símbolos

Viene siendo más corriente de lo habitual la persistente actitud de determinados grupos antisistema, anarquistas, arramplando contra todo símbolo que se pueda identificar con la victoria que en la lejana guerra civil que tuvo lugar en 1936/39 obtuvieron las fuerzas del General Franco.

No  les parece suficiente a estos individuos la sectaria aplicación de la Ley de Memoria Histórica de una forma torticera si no que de “motu propio” muestran una especial predilección por destrozar incluso mausoleos y tumbas donde reposan los restos de soldados, falangistas o requetés; eso sí, hasta el momento con absoluta impunidad.

Su última y “heroica” actuación ha tenido lugar, hace unos días, en el mausoleo que la División Azul tiene en el cementerio de la Almudena, cementerio que depende del consistorio madrileño. Allí al amparo seguramente de la nocturnidad y burlando las cámaras de seguridad han simplemente profanado dicho mausoleo y lugar de descanso eterno de muchos divisionarios. Profanación a la que habría que añadir la del robo de las placas de los allí enterrados con la segura intención además de obtener algún beneficio pecuniario; o sea, además de profanadores, ladrones.

Independientemente de la menor o mayor simpatía que cada uno pueda tener por aquellos divisionarios, y lo que significaron, no se puede negar que aquella unidad del Ejército español supo luchar y morir con una gallardía y valentía reconocidas en cualquier documento o libros tanto nacionales como extranjeros. Allí cayeron casi 5000 españoles cuyos restos reposan, la mayoría de ellos en zonas ignotas, pero también en el cementerio que cerca de la ciudad rusa de Novgorod  se conoce como Pankovska. Allí en tierra rusa, allí donde luchó la División Azul, ciudadanos rusos respetan la presencia de unos españoles que lucharon contra las hordas soviéticas, pero que siempre respetaron al campesino ruso. Interminables son las historias escritas que corroboran este hecho.

Pues sí, en Rusia reposan los restos de 2000 españoles en paz mientras que aquí unos miserables malnacidos, seguramente escoria de desecho de la sociedad, toman ahora como deporte la profanación de sus tumbas.

Lo que seguramente no serían nunca capaces de hacer cara a cara , frente a frente, lo hacen ahora contra los símbolos que les recuerdan, tal es su cobardía.

Las sociedades que no respetan a sus muertos son sociedades enfermas y llenas de odio y tal parece que una parte de la nuestra lo es.

Sucede que lamentablemente no son sólo los restos de divisionarios españoles los profanados; también lo han sido los caídos en el cuartel de la montaña o los del insigne político José Calvo Sotelo a quien no sólo asesinaron vilmente sino que ahora encima profanan también su tumba.

Por supuesto, objetivo preferido de esta pobre gente – que es lo que son: pobre gente – es siempre la Cruz que preside estos monumentos tan sólo porque la Cruz es el símbolo máximo de victoria y esperanza en el seguro signo de salvación y gloria. La Cruz significa amor y de esto entiende poco esta gentuza miserable y cobarde.

Sí, se profanan tumbas lo que significa faltar al respeto a algo religioso o sagrado deshonrando, ultrajando y mancillando lo que merece el máximo respeto atacando todo aquello que tiene un valor simbólico especial para muchos españoles. Actos que para la Iglesia católica adquiere el grado de perversión cuando se hace de forma organizada y en grupo.

Sucede, también, que estas acciones por la gravedad de lo que significan están tipificadas jurídicamente y así el artículo 526 del Código Penal establece que: ”El que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses”.

Así que sobradas las razones morales para evitar acciones como estas y especificada la que obliga a intervenir a la autoridad correspondiente corresponde al Ayuntamiento de Madrid denunciar estos hechos y evitar que se repitan , algo que espero se esté haciendo, si bien tengo mis serias dudas del interés que pueda demostrar la Sra. Carmena, primera defensora de otras profanaciones como la sucedida hace tiempo cuando su amiga y protegida Maestre, asaltó, tetas al aire, la capilla de la Complutense.

En cualquier caso los valientes soldados cuya tumba se ha profanado en Madrid ya no están ahí, sino en el cielo donde reposan los buenos soldados y seguro que desde donde estén no tendrán otro sentimiento hacia los pobres desgraciados que han atacado su tumba que la de la tristeza de a donde les ha llevado el odio.

Más el odio atrae al odio y mientras escribo estas líneas me entero de la profanación, también, en el cementerio de Fuencarral, de las tumbas de brigadistas internacionales hecho que tiene mi más honda repulsa y desprecio. Sólo a Dios corresponde juzgar a los muertos y es execrable esta acción en la misma medida que la acaecida en la Almudena. Esta es una acción deleznable.

El odio atrae al odio y la violencia engendra violencia. Y termino estas líneas citando a José Antonio Primo de Rivera con ocasión de la profanación en su día de la tumba de los capitanes Galán y Hernández:

“La Falange Española de las J.0.N.S., ante las primeras noticias de haber sido profanadas las tumbas de los capitanes Galán y García Hernández, no quiere demorar por veinticuatro horas su repulsión hacia los cobardes autores de semejante acto. Quien demostrara su aquiescencia para tan macabra villanía no tendría asegurada ni por un instante su permanencia en la Falange Española y de las J.0.N.S., porque en sus filas se conoce muy bien el decoro de morir por una idea”.

(Arriba, núm. 4, 11 de abril de 1935)