Chuneta y los renglones torcidos de Dios

Chuneta Sánchez-Agustino Pita nos dejó el otro día. Falleció de forma repentina y totalmente inesperada en plena juventud y su muerte ha llenado de luto los ambientes artísticos de San Sebastián y de Pontevedra, su ciudad natal.

Era Licenciada en Bellas Artes en Pintura, por la Universidad de Salamanca y su obra pictórica ha estado expuesta desde 1989 en numerosas ciudades como Madrid, Vigo, Pontevedra o Donostia-San Sebastián. Se la consideraba una artista innovadora, una investigadora pictórica habiendo desarrollado una nueva línea en la  pintura: el placer de pintar, de investigar con nuevas texturas, nuevos materiales pictóricos, nuevas técnicas.

La sensibilidad es algo innato al ser humano si bien sólo los grandes artistas son capaces de materializar esta en notas musicales, lienzos o escritos. Chuneta tenía la maravillosa virtud de ser capaz de expresarnos con apenas unos toques de pintura toda su fuerza interior.

Se nos ha ido Chuneta en plena capacidad creativa.

Y mientras cantidad de allegados velaban su inerte cuerpo en el tanatorio de Morlans en San Sebastián acudían a mi pensamiento ideas y más ideas sobre lo efímero de nuestra existencia, sobre la incomprensión de lo que estaba viendo. Uno no se acostumbra nunca a la presencia de la muerte pero lo encuentra como algo natural cuando se trata de personas mayores; lo incomprensible viene cuando se trata de una persona joven llena de vida y con un futuro brillante por delante. Es entonces cuando se le acumulan a uno los interrogantes sobre lo que somos, de dónde venimos y a donde vamos.

Chuneta era profundamente religiosa y creyente convencida. Herencia de la enseñanza de sus padres. Y por eso el trance de su óbito es algo que ella seguro que asume con felicidad, pues ya se encuentra allá donde ella consideraba que debía estar.

Quizás la respuesta a mis preguntas existenciales pueda venir de lo que le oí decir a alguien en el momento de los pésames a la familia: en lugar del tradicional “lo siento mucho” oí darle al marido la enhorabuena por la mujer que había tenido y por lo que nos había dejado. Ahí está quizás la respuesta a mis inquietudes. Su vida, aunque corta, ha sido plena y ha sido capaz de transmitir a los demás bondad, ternura y belleza; virtudes que son las que uno extrae de la observación de su obra pictórica.

Su fuerte vinculación con el mensaje del Cristo crucificado ha sido su norma de vida, y allí donde la misericordia hace presencia permanente se hace visible y comprensible la muerte de una persona tan joven, por los efectos que transmite a todo cuanto le rodea y a todos los que la conocieron.

¿Son estos los renglones torcidos de Dios de los que nos hablaba Luca de Tena en su magnífica novela?

Por muy difícil que sea comprender todo esto, esta es la explicación que aceptamos los creyentes en el Dios creador.

Vivimos en un mundo convulso y en una sociedad huérfana de valores y la espiritualidad que emanaba a raudales desde su alma, seguramente presente allí donde estábamos, es una razón más que loable para entender su prematura muerte. No, no es baladí lo que digo. La he visto en las caras de los presentes, y es seguro que para más de uno lo sucedido va a marcar un antes y un después en su vida.

Chuneta, gallega de nacimiento, vasca de adopción, y española sobre todo, nos ha dejado y se nos ha ido, pero su vida no ha sido vana, pues ha sido transmisora de lo mejor del ser humano, y siempre permanecerá en el recuerdo de los que la conocieron en persona y de aquellos que se detengan siempre a contemplar su obra pictórica, pues ahí encuentra uno su personalidad clara, alegre y siempre enigmática.

Es asombrosa la capacidad de algunos seres humanos de transmitir lo que portan en su interior a través de la expresión artística, y la obra de Chuneta es paradigma de ello.

Observo ahora algunos de sus cuadros y siento como a través de ellos me habla y me transmite amor, paz y serenidad.

Ya no la veremos en Donosti, Pontevedra o Sanjenjo, pero aunque nos ha dejado físicamente será imposible olvidarse de su presencia, pues recordamos al poeta cuando nos dice:

“No te acerques a mi tumba sollozando, no estoy ahí… estoy en el viento que te acaricia, en las plantas que riegas cada día, en las estrellas que brillan de noche sobre tu hogar, en la sonrisa de tus hijos, en los pajarillos que cantan en tu ventana… por eso no te acerques a mi tumba sollozando… no estoy ahí… estoy en tu recuerdo y en tu corazón”.