El reencuentro

Este pasado día 31 de mayo – día de la Virgen de Ntra. Sra. del Recuerdo – fue un día especial para un grupo de “veteranos” de la vida que conmemorábamos nada menos que 50 años de nuestra salida del colegio de los jesuitas, allá por 1967, y que lleva el nombre de Ntra. Sra. bajo la advocación del Recuerdo. Una conmemoración ensombrecida por un halo de tristeza ya que se celebraba a la par que la despedida de la promoción 2017, en la que faltaban José y Belén, recientemente fallecidos en un desgraciado accidente en un ascensor.

Mientras se celebraba la emocionante ceremonia, 50 años de vida flotaban como un suspiro en mi pensamiento, y en él afloraban viejos recuerdos de juventud, al tiempo que meditaba sobre la influencia que la educación recibida en aquel colegio había tenido en el devenir de nuestra vida. Y, por supuesto, también presente el recuerdo de aquellos 39 compañeros que  ya nos dejaron y cuya presencia se me hacía viva por momentos.

Entre los “antiguos” estaban presentes: políticos que tuvieron y tienen grandes responsabilidades en el Gobierno y en la Administración; almirantes, generales y coroneles del Ejército y de la Armada; insignes jueces, fiscales y abogados; brillantes empresarios y personas del mundo financiero; deportistas de alto nivel; médicos prestigiosos; ingenieros y arquitectos de renombre; músicos virtuosos; periodistas y escritores bien conocidos de antes y de ahora… etc. Sí, un grupo de personas, ya marcadas por el ineludible paso de los años, que han sido y son todavía gente influyente en nuestra sociedad.

Y mientras en el aire sonaba la banda sonora de la película “la Misión”, que narra musicalmente la labor jesuítica en las reducciones del siglo XVIII en el Paraguay, no pude evitar el plantearme el significado de la educación jesuítica en la historia de España.

Fue San Ignacio de Loyola, a partir de 1547, con el beneplácito de Paulo III, quien comenzó la labor colegial de la Compañía de Jesús y ya desde entonces los jesuitas coincidieron con el pensamiento de gran parte de la élite ilustrada europea que pensaba que la educación era fundamental para la sociedad. Había que formar personas competentes que fueran capaces de generar la reforma de la sociedad, y precisamente a través del  método humanista, pensando que era el más adecuado para formar rectamente a la persona. Para los jesuitas más importante que la adquisición de conocimientos era la formación de la mente y de la capacidad de juicio, si bien sin descuidar nunca aquellos.

La Compañía de Jesús fue la primera orden o congregación religiosa que asumió la enseñanza como un ministerio propio y ese compromiso apostólico ha continuado a lo largo de toda su historia. Luego vendrían otras congregaciones religiosas que continuarían por ese camino.

La enseñanza supuso siempre para los jesuitas un compromiso con la cultura y el saber.

Sí, actuar sobre la sociedad según el espíritu ignaciano a través de las élites formadas en los colegios, era, y supongo seguirá siendo, el objetivo de los colegios regidos por la Compañía de Jesús.

Y mientras estas elucubraciones rondaban mi cabeza, y ya desde la perspectiva de los 50 años pasados, creo que, al menos en lo que concierne a esta veterana promoción de 1967, el objetivo perseguido por los jesuitas ha sido casi un completo éxito.

De ninguna manera, puede deducirse que en el grupo social referido exista una uniformidad de criterios, ni ideológica, ni de cualquier otro tipo, pero sí una forma parecida de ver y afrontar los problemas de la vida, cristiana, si se quiere ver así, a pesar de que en muchos casos esta manifestación sea en muchos casos implícita, que no explícita.

Y en el reencuentro se amontonaron los recuerdos y las anécdotas del pasado entre la alegría de la revisión de viejas vivencias que, por vivirse en años de formación, nos proporcionaron una impronta de carácter de vida.

Cierto es que la disciplina cuasi militar que imperaba en aquellos tiempos en los colegios y campamentos no es hoy seguramente la misma. El carácter militar del capitán de los tercios de la Infantería española, Ignacio de Loyola, traspasado a las aulas colegiales y campamentos, intuyo que ya no es el mismo. Adaptarse o morir es un principio de la orgánica moderna – bien cierto y además necesario – más observando el desarrollo de los actos de este pasado día 31 de mayo eché en falta el espíritu integrador de la patria española – en el que yo me crié –  notando la ausencia de la bandera de España que otrora nunca faltaba en los actos solemnes. Percepción derivada, quizás, de mi formación militar lo que me inclina a pensar que tal vez fuera yo de los pocos que notaran dicha ausencia y que seguramente algunos consideran irrelevante. Es evidente que nos educamos en tiempos diferentes, más también lo son para Princeton o Georgetown en los EEUU o para Oxford o Cambridge en el RU y les aseguro que allí nunca falta ese elemento integrador de su bandera nacional por doquier. Y no me lo han contado. Lo he visto “in situ”.

¡Estos jesuitas ya no son los mismos de entonces! Me decía un compañero cercano. No lo sé, le respondí, alegando que  no tenía argumentos para decir lo contrario; más cierto es que en mis adentros al oír las palabras que nos dirigió el Padre Director me resultaba difícil sintonizarlas con las posibles de Ignacio de Loyola – quizás por la lejanía en el tiempo – pero también con las más cercanas y también posibles del Padre Huidobro o del Padre Lamamié de Clairac, ambos caídos en combate por Dios y por España, uno capellán de la Legión y el otro de requetés.

En fin, tiempos distintos y sin duda susceptibilidad personal.

También me llamó la atención la evidente cuasi mayoría de mujeres sobre la de los hombres lo que me lleva a intuir que este es un aspecto también diferenciador, y no menor, pues la enseñanza viril de aquellos tiempos pasados ya no es posible hoy. ¡Ojo!, yo no digo que sea peor ni mejor  pero desde luego igual no puede ser, digan lo que digan. Habrá que esperar otros cincuenta años para comprobarlo.

Y sí, el reencuentro ha servido, al menos para mí, no sólo para reconocer viejas caras sino para constatar como un estilo de vida forjado en la época de la infancia y juventud ha marcado a un elevado número de españoles que han ocupado puestos preeminentes en nuestra sociedad con influencia sobre esta; influencia que quizás sobrevaloro yo, ¿susceptibilidad propia otra vez?, sobre todo porque no parece que haya sido contemplada de la misma manera por la Dirección del colegio en cuestión a quien la presencia de estos “antiguos” no parecía importarle mucho.

La ceremonia tenía como objetivo principal despedir a los jóvenes del colegio que finalizaban este periodo y que ahora tienen que enfrentarse a la vida de verdad. Pienso yo que el mejor ejemplo lo tenían presente en los achacosos “abuelos” que allí tenían pero, en fin, tal parece que no fuera percibido así por los encargados de la última lección. A mi memoria acuden ahora imágenes de una ceremonia similar a la que asistí en la universidad que los jesuitas tienen en Georgetown donde en un apartado especial se ubicaban los “antiguos”, amparados por dos enormes banderas: la norteamericana y  la de la universidad constituyendo ambas un espejo o símbolo para los que allí finalizaban sus estudios y que en su camino para recoger el diploma de graduación pasaban ineludiblemente delante de ellos.

Y como siempre sucede en estos eventos llegó la hora de las despedidas y los buenos deseos para el futuro y ¡ahora sí! con la mente cambiando ligeramente los versos inolvidables del padre Coloma cuando decía “dulcísimo recuerdo de mi vida, bendice a los que vamos a partir” por algo así como “bendice a los que vamos a llegar” pues el tiempo pasa y pasa inexorablemente.

Y mientras entonábamos emocionados el viejo himno del colegio no pude por menos que coincidir con el poeta inglés Wordsworth cuando nos decía “que aunque nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, y la de la belleza de las flores, no debemos afligirnos pues en el recuerdo permanece la belleza”.