Las banderas como símbolo y marco de unión

Tres son los casos que me empujan a escribir hoy sobre lo que significa una bandera: la reciente polémica surgida al resaltar Pedro Sánchez Castejón la Bandera de España en su última intervención, la entrega de una Bandera de combate a la fragata Blas de Lezo y por último los intentos de prohibición en los EEUU de la otrora Bandera de la Confederación.

No es necesario aquí hacer un tratado de vexilología para saber que el uso de las banderas se remonta, según algunas investigaciones arqueológicas, hasta el neolítico; desde siempre los pueblos han estado unidos a símbolos con los que se identificaban y bajo los que se sentían representados. Una bandera es algo más que un trozo de tela. Es el símbolo de identificación de un grupo y obvia decir que el factor más importante para que perdure es que sea aceptada por las personas a las que representa. Si no hay identificación es absurdo que exista.

La actual bandera bicolor española -roja y gualda- tiene su origen en la Armada española, cuando Carlos III ordenó que en todos sus buques ondeara la misma para distinguirse en la mar de los de Francia o Nápoles (donde también reinaba la Casa de Borbón) y desde luego en la distancia; sin embargo, pronto fue asumida como símbolo de la nación española con independencia de ideologías o diferencias; y así lo fue hasta que la segunda República, en un craso error, la cambió por otra tricolor sin tradición alguna. Nada hubiera pasado por haber mantenido la bicolor, por representar ésta última –hasta ese momento– al pueblo, y no sólo a la corona, pero así se hizo, y desde entonces algunos la han identificado con la bandera de la monarquía como sistema político y, equivocadamente, también, con la del régimen franquista, al asumir éste dicha bandera, al considerarla como la tradicional española.

La bandera roja y gualda es el símbolo bajo el que se identifica España, como nación, con independencia de cualquier sistema político imperante. Esta es una idea fundamental y una de las bases de la convivencia entre los españoles, entre todos los españoles.

Sucede, como decía al principio, que para que perdure, el pueblo debe identificarse con lo que significa y aquí reside el quid de la cuestión. Todo aquel que no comulgue con la idea de España como nación jamás la asumirá y de aquí la proliferación de otras, la mayoría inventadas, sin tradición alguna, que simbolizan el aldeanismo imperante en esta España de taifas, de reinos o repúblicas particulares y de enemigos subvencionados.

Me parece espléndido el gesto del líder del PSOE - otra cosa es la incomprensible incoherencia de este hecho con su política de apoyo a grupos radicales anti todo e incluso independentistas - y, por lo tanto, no veo el por qué de tanta crítica al efecto; más aún, cuando muchos de los que le critican asumen postulados de defensa de la bandera llenos de complejos ridículos. Por ejemplo, leo decir al Director de ABC que la bandera viene a simbolizar la idea democrática y progresista de la España constitucional. Valiente tontería. Es que no se enteran de nada. La bandera roja y gualda representa a nuestro pueblo desde hace ya demasiado tiempo y no es necesario defenderla con semejantes sandeces. Siempre mezclando churras con merinas.

Cuando un soldado ve ondear la bandera en su puesto de combate, o en la mar, lo que ve en ella representada es la imagen de sus padres, de sus hijos, de su familia, de su tierra, de su historia, de los que murieron para que él pudiera vivir en el país simbolizado por ella, en definitiva, ve a su Patria. No tiene nada que ver con las ideas políticas de cada cual.

Y al hilo de todo esto nos encontramos con el hecho de que, por fin, tras unos cuantos años, la fragata de la Armada " Blas de Lezo" ha recibido su bandera de combate conforme a la larga tradición de nuestros buques de guerra; y ha sido en tierra vascongada, tierra natal de tantísimos vascos que dieron gloria a España en la Armada. Acto, al que por supuesto no han acudido el que se dice Lendakari de todos los vascos, ni el Alcalde de Bilbao. Una lástima, pues habrían podido observar la fuerza de los gritos de “Viva España” de su dotación – espejo de su decidida voluntad de defensa de la Patria y de su Constitución - y al tiempo contemplar su moderno y potente armamento. Al menos, habrían adquirido algo de cultura.

Blas de Lezo, uno de los más grandes marinos, nacido en Pasajes (Guipúzcoa), vería con buenos ojos hechos como el recientemente acaecido. ¡Ya era hora! y qué diferencia con lo sucedido con el "Juan Carlos I" que en lugar de recibirla de la ciudad de Barcelona –que era el deseo de la Armada y seguramente de gran parte de la ciudadanía catalana, tuvo que recibirla en Cádiz, por negarse a ello el Ayuntamiento de la ciudad condal, con la complicidad vergonzosa, por omisión, de todas las instituciones nacionales. Todas. No se salva ni una.

Y como en todas partes cuecen habas, nos encontramos con otra polémica, esta vez en los EEUU, a propósito del uso oficial de la bandera confederada en muchas zonas del sur de aquella nación, en concreto, por ejemplo, en Carolina del Sur. Son varias las ocasiones en las que he tenido oportunidad de recorrer ese Estado y ya les digo que la proliferación de dicho símbolo es corriente. Uno las ve en los coches, en las motos, en las casas y hasta en edificios oficiales. Incluso dentro de recintos militares. Es curioso que transcurridos más de 150 años de la guerra civil que desgarró los EEUU, por aquel entonces, se mantengan vivos los sentimientos que simboliza dicha Bandera. Ahora, con motivo de la masacre, perpetrada por un desalmado, nos encontramos ante una campaña nacional que pretende la erradicación de dicho símbolo. Francamente, lo veo difícil, toda vez que aunque los detractores la ven como racista –y llevan parte de razón– otros la interpretan como un legado de su historia y no están dispuestos a arriarla. Y entre esa herencia está – se dice - la relación histórica con España, toda vez que las trece estrellas de los estados confederados se posan sobre la Cruz de San Andrés o de Borgoña, que era la Bandera representativa del Imperio español y más en concreto, también, la del Virreinato de Nueva España.

Insisto, no conozco ninguna otra nación que se acompleje de su propia bandera; no he oído jamás hablar de país alguno en el que el gobierno mire para otro lado cuando los presidentes de las regiones que lo integran las retiran de sus despachos, de los edificios emblemáticos o de los actos oficiales; no he visto ningún Estado en donde se atribuya a la enseña nacional calificativos equivalentes a los de facha, retrogrado o nazi; no tengo noticias de ningún pueblo cuyos representantes electos, no sólo toleren el desprecio a su divisa distintiva, sino que, explícita o cobardemente, lo alienten; no sé de ninguna nación en la que se potencie el uso de banderas provinciales, comarcales, regionales, o de partes del conjunto del país, en detrimento o total sustitución de la bandera nacional. Aparte del miope provincianismo que ello supone, de la paradoja de denostar, como fascista el símbolo del conjunto y realzar con un fingido o artificioso sentimiento patriótico el de una de sus partes y sólo de ella, implica –es tan obvio que me molesta incluso mencionarlo– hacer un ridículo espantoso, patético me atrevo a decir, en el contexto internacional, pues en los países donde aún rige el sentido común, causa perplejidad, si no risa, el observar cómo un pueblo con una larguísima historia, con una proyección mundial reconocida, respetada y, otrora, incluso temida, tire por la borda o permita que se haga, su símbolo fundamental, junto con el himno nacional –ese es otro cantar– . Muchos ni siquiera saben que en toda Europa, España es el Estado más antiguo en el sentido actual; como ejemplo opuesto tenemos, sin ir más lejos, a la poderosa Alemania, que no existió como Estado hasta 1918.

Pero lo peor, lo más inexplicable para mí, lo que me roe las entrañas, es que aquellos que podrían evitarlo, poniendo a cada cual en su sitio, esconden la cabeza como los avestruces, por temor a los votos, a las encuestas, a ciertos medios de comunicación autodenominados progresistas –curioso y equivocado, como pocos, empleo de dicho término–, a pequeños, en muchos casos, colectivos, grupos de presión ideológica o, sencillamente, al fracaso, mondo y lirondo, por tratar de cumplir su deber como gobierno en uno de los puntos fundamentales. Nuestra vecina Francia, país con una historia revolucionaria como pocas, respeta pero, sobre todo, hace respetar su bandera con autoridad y sin merma alguna de democracia. No sólo es posible compaginar ambas cosas, es que resulta obvio y obligatorio.

En resumen, esconder la bandera nacional, supone lanzar piedras contra el cielo, ni más ni menos, y, claro, más bien pronto que tarde, vuelven a caer sobre nuestras cabezas.

Como en la excelente historieta de “Tintín y los Pícaros”, del nunca superado Hergé, la consigna parece ser la de derribar en vez de construir o mejorar; el “quítate tú que me pongo yo”, el “Viva Alcázar, abajo Tapioca”, o viceversa.