Para qué sirve un desfile militar

Lo reconozco. Escribo estas líneas todavía impresionado por la espectacularidad del desfile militar del ejército ruso en la Plaza Roja de Moscú, celebrado simultáneamente con otros similares en - ¡atención! - otras 26 ciudades rusas más, incluyendo una espectacular parada naval en Sebastopol. Desfiles que tuvieron lugar, el pasado día 9 de mayo, para conmemorar la victoria del otrora ejército rojo sobre el nazismo.

Podría, tal vez, detenerme a analizar los sofisticados medios que Rusia nos ha mostrado allí, de su actual potencial militar: el nuevo tanque Armata T14, los vehículos blindados de nueva generación, los misiles tácticos Iskander, la artillería autopropulsada... etc. Una panoplia armamentística muy a tener en cuenta, por analistas y especialistas del ramo, por lo avanzado de su tecnología y su potencia de combate. No, no es este el objeto de estas líneas. Sí lo es profundizar en las razones del porqué de actos como el realizado el pasado día 9 de mayo en Moscú.

Lo primero, que hay que decir, es que todo desfile militar, llevado a cabo de forma pública, y ante la observancia de propios y extraños, es ante todo y sobre todo, un acto político y como todo acto de estas características tiene una finalidad última: de una parte, la manifestación explícita de una capacidad de fuerza, o sea, el aviso o amenaza a extraños de lo que tengo; y de otra, la exaltación de los sentimientos patrios, tribales si se quiere, a la par que la oportunidad que se da al pueblo para mostrar afecto a su ejército; asimismo, y de forma recíproca, las fuerzas armadas reciben su granito de orgullo al verse aclamadas por las masas populares.

Los desfiles del otro día en Moscú, y en 26 ciudades más, responden claramente a todos los objetivos antes citados pero, si tuviera que destacar alguno de ellos, no dudaría en proclamar que sobre todos ellos ha primado el de mostrar al mundo el poderío militar de Rusia. ¡Aquí estoy yo! ha dicho Putin y ¡ojito! Un mensaje bien claro y del que hay que tomar buena nota.

De la observancia de una parada militar se pueden extraer, además, muchas otras conclusiones, algunas de ellas sólo asimilables por quienes conocen en profundidad lo que es una unidad militar.

A ver, la mayor o menor calidad de un ejército no se basa sólo en las características de sus medios, sino en la de los hombres que los manejan. Liderazgo, disciplina y cohesión son factores fundamentales a tener en cuenta cuando analizamos la valía de un ejército y estas son virtudes que quedan plasmadas de forma nítida al ver desfilar a una unidad. Si yo fuera adversario del actual ejército ruso me preocuparía, mucho más que de los medios expuestos, de la calidad manifiesta de los factores citados y que la simple observancia de la parada de la Plaza Roja me confirma.

Hablamos, hoy, del desfile del ejército ruso, pero manifestaciones similares tienen lugar también en la República China o en Corea del Norte, por poner algunos ejemplos. También en “occidente”, si bien, seguramente, con connotaciones algo diferentes; así, todos los años, el día 14 de julio, Francia nos obsequia con un recuerdo a su pasado glorioso, y a la exaltación del patriotismo francés, con un desfile militar que no busca amedrentar, pero sí dar al pueblo la oportunidad de enorgullecerse de su patria y de la “grandeur” de la France.

No son los países anglosajones - los EEUU y el RU - proclives a manifestaciones de este estilo; tal vez porque no las necesitan, al tener profundamente arraigado su concepto patrio, en mayor medida que otros, lo que no quiere decir que cuando el gobernante de turno quiere largar un mensaje lo hagan. Lo hizo explícitamente Margaret Thatcher, declarada enemiga de la hispanidad en el mejor estilo británico -la misma a la que botarates de estas tierras le dedican plazas y honores - cuando, para conmemorar la victoria militar sobre Argentina en 1982, organizó un gran desfile por las calles de Londres el día 12 de octubre de ese año. Podía haberlo hecho cualquier otro día pero ¡no! escogió el día de la Hispanidad lanzando un mensaje de rencor contra España y el mundo hispánico. Un mensaje subliminal que le surgía de su ADN de tendera de clase media británica, en la que se incrusta un sentimiento forjado, durante siglos, en la lucha secular que Inglaterra mantuvo durante siglos contra el Imperio español.

Definitivamente un desfile militar no es más que un acto político de la mayor importancia y que los gobiernos utilizan según las circunstancias.

En España, el desfile militar por antonomasia es el que se lleva a cabo, todos los años, el día 12 de octubre, para conmemorar el día de la fiesta nacional. Un desfile que no acaba de cuajar toda vez que, de una parte, aún son muchos los que ven en él reminiscencias de aquél otro que se celebraba todos los años como el de la “victoria” y, de otra, porque otros lo ven como un acto de afirmación nacional y bien lejos están de comulgar con esta deseada realidad, atentos como están a la defensa de sus particularismos aldeanos, cuando no de sus intereses específicamente particulares. Añádase a esto la degradación paulatina de este acto, en sí, con una paupérrima presencia militar, al amparo de supuestos ahorros, y veremos cuán lejos estamos, por ejemplo, de nuestro vecino francés.

Yo he desfilado muchas veces, claro, pero si tuviera que recordar alguno, por su impacto emocional, sería sin duda el de un mes de mayo en Barcelona, en 1982, cuando, desfilando por la Diagonal, el calor y patriotismo del pueblo catalán nos llevaba en volandas haciéndonos olvidar el cansancio y las altas temperaturas de aquel día.

Decía al principio de este artículo que un desfile militar es un acto político en su máxima expresión y no tengo duda que si alguien tuviera la valentía de organizar el día de la fiesta nacional en Barcelona o Bilbao se daría cuenta de que las mismas multitudes, que antaño acogían a nuestros soldados, saldrían a la calle igual que entonces con la misma intensidad. Lo malo es que el relativismo que invade nuestra política no lo va a propiciar; todo lo contrario, inmersos como estamos en contiendas e intereses particularistas no lo harán nunca posible. La dejación de responsabilidades es mala virtud.

Caramba con la Santa Madre Rusia.