Aprendiendo a comer en el colegio

Mi hijo mayor lleva seis meses yendo al cole y todavía no formo parte de ningún grupo de WhatsApp. ¿Suerte o tragedia cotidiana? No lo sé. Lo que sí sé es que si en el cole de mi hijo la directora hubiese decidido vetar la bollería industrial para la merienda y reemplazarla con fruta, los padres nos estaríamos quejando en un dichoso grupo de WhatsApp.

Sí, porque el caso es quejarse de todo. Es noticia reciente que en un colegio de Bolonia, en Italia, el director ha declarado la guerra a las merendine obligando, atención a la palabra, a los padres a poner fruta en las fiambreras.

Creo que no se me ocurre nada tan acertado como la decisión de este señor. Sin embargo, los padres de los alumnos del colegio en cuestión han puesto el grito en el cielo en nombre de la libertad. Libertad de darles bollería industrial en vez de unas sanas piezas de fruta a sus hijos. Hay que ser muy raros.

En el colegio de mi hijo (y en más colegios, por supuesto) lo de educar a comer a los niños se lo han tomado bastante en serio. Como tiene que ser. Aquí tampoco los padres somos “libres”, menos el lunes que podemos poner en la fiambrera lo que queramos.

El martes toca fruta, el miércoles un bocadillo, el jueves un lácteo y el viernes zumo con galletas. Todos comen lo mismo y todos comen bien. Bueno, el viernes un poco menos, a menos que no hagamos zumo y galletas en casa.

En el comedor la comida es variada y atenta al aporte calórico de cada plato. Tratándose de un colegio muy nuevo no tiene cocina propia, sino un servicio de catering. Hay una cocinera que se ocupa hasta de la temperatura de cada plato y monitoras para lo que haga falta. En la mesa y alrededor de la mesa, que cien niños comiendo dan bastante trabajo.

Lo que más me gusta es que cada dos meses, en el comedor se celebra una jornada de cocina internacional. Desde principio de año ha tocado una jornada francesa y una rusa. Este mes toca la jornada de cocina india: chana masala (un plato a base de garbanzos), karahi de pollo con arroz salteado y lassi (batido de yogur) de plátano.

El otro día un papá de otro colegio me contaba que en el suyo han cambiado la cocina internacional por la regional española. También me parece una idea estupenda.

Finalmente, nuestro cole también tiene un huerto en el que los alumnos van plantando verduras, hortalizas y plantas de temporada durante las extraescolares.

Hace unos días me quedé asombrada con la noticia de un colegio público de un pequeño pueblo coruñés donde trabaja un cocinero que cuida a los pequeños comensales como si estuvieran en el mejor restaurante del mundo. Buscando el producto más fresco, organizando jornadas de cocina internacional, impartiendo clases de cocina y hasta desterrando del menú lo que, a pesar de los intentos, a los niños no les gusta y ya está (¡pobre coliflor!).

Ya sé que no es algo común, en la mayoría de los colegios la comida del comedor es, eso, comida del comedor. Sin embargo existen también otras maneras de manifestar atención e interés hacia la comida. Por ejemplo, casi todos los colegios que estuve mirando el año pasado ofrecían extraescolares de cocina.

Lo que quiero decir es que los colegios parecen haber asumido -y si todavía no lo han hecho, deberían ponerse las pilas- una pequeña parte de la responsabilidad en educar a los niños a comer.

Se trata de un camino largo y tortuoso. Estoy empezando a darle de comer a mi hija pequeña en estas semanas y confirmo que es una de las partes más difíciles (y desagradecidas, por lo menos a corto plazo) de la crianza. ¡Y eso que me encanta la comida!

Lo bueno es que los padres no estamos solos en esto o no deberíamos estarlo. El resto son tonterías de los grupos de WhatsApp.