El ‘one-pot’ y sus aberraciones

Lo tengo claro: lo peor de cocinar es recoger todos los cacharros después. Hay personas ordenadas cuando cocinan, que van recogiendo y limpiando los utensilios que ya no les sirven. Yo, desde luego, no soy una de ellas. Para preparar un simple plato de pasta dejo fuera de sitio hasta las puertas de la despensa, ni que hubiese un poltergeist.

Lo único que es capaz de domar ese fenómeno, aparte de la comida congelada y sólo si ésta va al horno, son las recetas one-pot, es decir, las recetas que implican el empleo de una sola olla.

Detrás de ese término anglosajón -paso previo para crear una tendencia y vender libros– no hay más que un método de cocción casi tan antiguo como el hambre. Un guiso, un potaje, una sopa, una paella. Todos esos platos salen de un solo recipiente.

La pasta, como siempre, es un capítulo aparte. Un plato de pasta tradicional implica siempre y como mínimo dos recipientes: uno para la pasta, con abundante agua y la justa cantidad de sal, y otro para la salsa.
Sin embargo, cabe la posibilidad de cocinar la pasta junto a su condimento en una sola olla. Sólo hay que echar la pasta cruda en un recipiente con unos tomates, por ejemplo, y añadir agua del tiempo poco a poco. El resultado no está mal: al soltar almidón la pasta se hace mucho más cremosa y se rinde casi por completo a los demás ingredientes.

Evidentemente la olla tiene que ser lo bastante grande y profunda como para que todos los ingredientes tengan espacio y permitir el correcto punto de cocción de la pasta. En Italia hay restaurantes que centran su oferta en ese tipo de cocción (y de atracción) dotados de enormes ollas o sartenes. Si queremos hacerlo en casa, mejor reducir el número de comensales al mínimo.

En otras palabras, el one-pot en sí no tienen muchos inconvenientes. Pero, cuidado, no todo vale.
Hace unas semanas la web Tasty subió una receta que ha provocado cierto revuelo en las redes sociales. La receta en cuestión son unas fettuccine con pollo y espinacas cuya preparación implica nada menos que doce ingredientes. En una cocina, como la italiana, que raramente pasa de los cuatro o cinco (contando el sofrito). Un montón de cebolla, 4 dientes de ajo, una taza de pesto para rematar y, puro pánico, la leche en lugar del agua para cocer la pasta.

Todo en una olla demasiado baja para ese tipo de pasta, con la consecuencia de que la misma fettuccina, quedándose un buen rato fuera del caldo hirviendo hasta ablandarse, doblarse y caer definitivamente en el recipiente, recibe tiempos diferentes de cocción.

No sé qué tal estará el sabor de ese plato y, la verdad, ni quiero saberlo. El one-pot está bien, pero hay que utilizarlo con sentido. Sentido del apareamiento de sabores, de las proporciones y de la técnica. Y si no queda otra, como en este caso, mucho sentido del humor.