¡Cómete el 'hygge'!

No he tenido un principio de año demasiado bueno. Es más, ha sin tan malo que he tenido que retrasar mi vuelta al trabajo. Sin embargo, todo volvió a estar en su sitio para la víspera de Reyes.

Como siempre había roscón, chocolate caliente, velas y esa extraña excitación que se te hace aún más extraña cuando ya no eres un niño. Pasada la tormenta de los primeros días de enero, mi víspera de Reyes brilló todavía más. No sólo estaba en paz, sino que estaba agradecida por estarlo.

Todo esto que acabo de describir bien podría ser considerado hyggeligt.

Hygge es una palabra danesa bastante intraducible que se ha colado en la vida de algunos de nosotros ya desde el año pasado. Un invento nórdico que promete cambiarnos la vida casi tanto como Ikea.

Hygge es “arte de crear intimidad”, “confort del alma” o “una taza de cacao a la luz de las velas”. Es lana, comodidad, amigos, familia, peli y sofá. Y por supuesto comida.

Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas’ es una guía práctica, de muy agradable lectura, publicada en estos días por Libros Cúpula. En ella, su autor Meik Wiking, entre otras cosas director ejecutivo del Instituto de Investigación sobre la Felicidad de Copenhague, intenta desgranar las claves del estilo de vida hygge.

Como no podía ser de otra manera, Wiking dedica un capítulo entero a la comida y la bebida y además siembra por todo el libro algunas pistas para que lo que uno come alimente no sólo su cuerpo sino también su alma. Ahí van algunas de ellas.

Toda comida y bebida que sirva para mimarnos y que posiblemente contenga azúcar es hyggeligt. La tarta de chocolate es hyggeligt, el café y el chocolate caliente son hyggeligt. El vino caliente con especias (gloegg, una de las recetas recopiladas en el libro) es sin duda hyggeligt.

La casa es el templo del hygge y la comida casera es muy hyggeligt. Todo lo que implique tiempo, ensuciarse las manos y en la mejor de las circunstancias amigos es hyggeligt.

El autor aconseja hacer pan en casa, cuidar de la masa madre como si de una mascota se tratara, hacer que la casa huela a pan recién horneado, organizar cenas en las que cada uno de los invitados trae un ingrediente y en las que se viene abajo cualquier jerarquía entre anfitriones e invitados.

Otra opción es reunirse entre amigos para hacer conservas. Cada uno trae un ingrediente, el que sea, y también tarros, botellas o túppers. De esta forma queda hygge para rato, aunque sea en la despensa o la nevera.

El hygge tiene un sabor y este sabor es “casi siempre familiar, dulce y reconfortante”. Si quieres que una taza de miel sea hyggeligt, hay que echarle miel. Si quieres que un pastel sea hyggeligt, no hay que escatimar en la glasa. Si quieres que un guiso sea hyggeligt, hay que echarle vino.

El hygge tiene sus reglas pero también sus excepciones. A veces no hace falta invertir mucho tiempo en la comida. Las palomitas, unos segundos en el microondas y listo, son lo más hyggeligt del mundo y más si se comparte el mismo bol viendo nuestra serie favorita en la tele.

Recolectar setas y castañas, una sopa calentita de calabaza, jengibre y nata, un picnic, asar carne en una barbacoa. Todo esto es hyggeligt.

En otras palabras, hay muchas maneras de cocinar y comerse el hygge y todas nos hacen sentir bien. Da igual que un plato salga regular o el café esté malucho. El mero hecho de haber prestado atención a cada uno de los pasos, de los ingredientes, al ambiente que le rodea y a las emociones que es capaz de evocar hace que cualquier comida incluso la menos esperada pueda ser hyggeligt.