De pizzas-hamburguesa y patatas con chocolate

Dice un refrán italiano que al campesino no hay que decirle lo bueno que está el queso con las peras. Lo que quiere decir este refrán no está del todo claro, lo más probable es que aluda a la exclusividad de un buen maridaje, incluido un maridaje no gastronómico.

Pero esto no es lo importante, lo importante es que un refrán que por su naturaleza es antiguo demuestra que los maridajes no son ninguna novedad.

El maridaje es un equilibrio difícil, inédito y atrevido entre sabores. Es crear una armonía nueva a partir de las desarmonías o más bien potenciar la armonía de dos o más sabores. Y la mayoría de las veces, este ejercicio, esta búsqueda, mejora nuestras vidas.

Pero hay otras veces en las que detrás de este ejercicio se esconde algo más o algo diferente a la generosidad de un buen cocinero. En ese caso, el maridaje nos puede arrojar a un acantilado de desesperación gastronómica.

Llevo semanas encontrándome en el buzón el anuncio de una cadena de pizza a domicilio que me promete el sabor auténtico de la hamburguesa en la pizza. Si no me equivoco, es la misma que tiene la responsabilidad del invento de la pizza-nachos.

Pero, ¿por qué debería yo querer una pizza con sabor a hamburguesa? ¿Estamos seguros de que esto multiplica el sabor en vez de restarle sabor a la experiencia? (me quedaré con la duda, porque creo que nunca tendré la valentía de probar esa pizza).

Supongo que si existe es que hay un público que la compra, que es un éxito comercial.

He leído recientemente que McDonald’s Japan ha apostado por las patatas fritas con chocolate para hacer frente a la dramática bajada de las ventas en ese país. Al parecer, se puede pedir un topping de chocolate negro o de chocolate blanco y la opción ha gustado tanto a los japoneses que la cadena de comida rápida más famosa del mundo ha registrado una subida en las ventas desde que lanzó este producto el pasado enero.

McDonald’s es un maestro en adaptar sus productos al sabor local, siempre he considerado esta política para triunfar en todo el mundo una versión moderna del divide et impera de la Antigua Roma.

Una vez comí en el McDonald’s de la Plaza Pushkin en Moscú. Pedí como siempre un McChicken y me extrañó encontrar en el célebre bocadillo una cucharada de smetana –la crème fraîche rusa– en lugar de la típica salsa de queso. Después de más de 10 años todavía sigo sin saber si me gustó o no. Pero, claro, yo no soy rusa, no estaba hecho para mi paladar.

Luego está todo el apartado de los blends culinarios dulces: los cronuts (crusán+donut), los cupcarons (cupcake+macaron) y los últimos llegados, los macarons donut de Francois Payard. Todos esos inventos son una tragedia desde el punto de vista de las calorías, pero tengo que decir que me caen mucho mejor que la pizza-hamburguesa.

No sé si es porque soy más de dulce o porque no juegan con la gastronomía de mi país. Lo que sí sé es que el maridaje no es una ciencia cierta, pero en cierta medida sí es una ciencia, hecha de pruebas y errores. Y a veces pasa que en vez de comernos los logros, nos comemos los errores.