'Street food' hasta en la sopa

Hace unos pocos días, tan pendiente como siempre de lo que pasa en Italia a pesar de que yo no esté, descubrí que en Milán acaban de abrir un establecimiento que pretende convertir la lasaña en street food. Pesto y judías verdes, salmón ahumado y bechamel de puerros, leche de coco y gambas al curry y, cómo no, la típica lasaña boloñesa con ragú de carne y bechamel. Todo en trozos para llevar y disfrutar en la calle.

La idea no es que me guste, me encanta. Dicho esto, la noticia me dejó algo perpleja. ¿Existe en Italia un plato que más se ajuste a las dinámicas de una comida familiar de un domingo a mediodía que la lasaña? No. ¿Y qué hace entonces la lasaña en la calle? Pues, ahí está la cuestión.

En los últimos dos años hemos asistido en primera fila al boom de la comida callejera, no digo de la que lleva siglos existiendo sino de la que de repente ha llenado los periódicos, las revistas, los telediarios, las librerías y hasta el cine.

Una comida callejera extremadamente guapa, relimpia, con guantes, que luce un emplatado y un packaging digno de un restaurante de alta cocina, que ya no hay que ir a buscar sino que te encuentra a ti en un espacio publicitado a bombo y platillo en el que conviven decenas de propuestas diferentes o, en el mejor de los casos, en un restaurante que por mucha pinta punky que tenga sigue siendo un restaurante.

No es que todo esto no me guste, faltaría más, pero creo que como mínimo ha desnaturalizado la idea de una comida de calle-calle, que nace en la calle, se elabora con pocos medios y pocas herramientas y que sobre todo se puede comer con las manos sin mucha dificultad.

Es obvio que si me la pones en un bol de plástico y me das una cuchara de plástico, puedo pasear por la calle hasta comiéndome una sopa de ajo, pero ¿acaso esto convierte la sopa de ajo en street food?

Lo que pasa es que cuando una tendencia viene pisando fuerte se convierte automáticamente en una oportunidad de negocio que nadie quiere desaprovechar. Pasó lo mismo con los gastrobares o las tiendas de cupcakes. La consecuencia es que para diferenciarse de los demás y para que el negocio tenga éxito, el concepto de moda tiene que estirarse hasta los límites hasta englobar lo que no estaba previsto.

Fresas sobre ruedas, vinos sobre ruedas, estrellas Michelin sobre ruedas. El street food empieza a tener todas las temibles características de la burbuja cuyo destino es el de siempre, es decir, estallar.

No hablo del street food que te salva la vida a las dos de la mañana si estás de fiesta y que seguirá existiendo para siempre –¡esos churros con chocolate en el puente de Triana, esos panini del Zozzone a Porta Maggiore en Roma!– sino el que hemos visto crecer “en el laboratorio” con el beneplácito de los medios de comunicación, todas esas ideas de negocio diferentes, algunas de ellas muy buenas, recogidas bajo la misma etiqueta.

Y a todas esas ideas yo les deseo éxito, todo el éxito del mundo, pero, por favor, basta ya de vender todo lo que técnicamente se puede cortar y comer en la calle como comida callejera. Sería una  manera inteligente de garantizar la supervivencia del negocio y despejar el aire de tanto street food.

 

Imagen: un fotograma de la película 'El Chef' de Jon Favreau dedicada a la comida callejera.