Adiós, "señor Moka"

Cumpliré perfectamente con el tópico de la italiana en el extranjero, pero el primer objeto que dejé en casa de mi actual marido, entonces novio, no fue un cepillo de dientes, sino una moka. Y no una moka cualquiera, sino la moka Bialetti, la única a la que confío desde hace décadas el ritual más delicado del día: el primer café.

Lo cuento hoy porque hace dos días falleció en su casa en Suiza Renato Bialetti, un longevo (tenía 93 años) señor con bigote que no inventó este objeto pero sí lo convirtió en un objeto de culto.

Y es que cafeteras hay muchas y todas cumplen más o menos bien con su función, pero la Bialetti era y es una leyenda. Y tanto es así que hasta tiene un huequito en el MOMA de Nueva York.

El primer motivo del éxito planetario de esta cafetera es el diseño patentado por el señor Alfonso Bialetti, el padre de Renato, en 1933 e inspirado, según quiere la leyenda, en un barreño que utilizaban antiguamente las mujeres para hacer la colada. Un barreño hueco, bajo el cual estaba colocado otro contenedor que se llenaba con jabón y ceniza y que al entrar en contacto con el agua dejaba filtrar una mezcla espumosa en el primer barreño donde se lavaba la ropa.

El segundo motivo del éxito de la Bialetti se debe quizá al propio Bialetti, quien decidió utilizar su imagen, reinventada por el dibujante de cómics Paul Campani, en el logo de la empresa, en cada una de sus cafeteras y sobre todo en los anuncios de la tele en los que ese simpático omino coi baffi (el hombrecito del bigote) encontraba la forma de narrar las virtudes de este producto. Este hombrecito siguió siendo el símbolo de la empresa incluso cuando, a finales de los años 80, cambió de dueño.

El tercer motivo que explica el éxito de estas cafeteras es que con la Bialetti, el café sencillamente sale mejor. Y lo digo marcando los límites de esta afirmación, pues no he hecho café con todas las mokas del mundo habidas y por haber, pero sí con suficientes como para preferir ya para siempre la Bialetti.

Yo soy tan fan de esta moka que prefiero mi café hecho en casa a cualquier café espresso de cualquier bar italiano.

Y al parecer no estoy sola en esto. Otra leyenda cuenta que el mismísimo Aristóteles Onassis dio un empujón a las mokas Bialetti una vez que coincidió con Renato en la hall de un hotel. El señor Bialetti estaba intentando convencer a unos clientes a adquirir sus cafeteras y pidió la ayuda del magnate griego, un hombre que se había hecho a sí mismo como él. Onassis se fue, pero a la vuelta le dio a Bialetti una palmadita en la espalda y delante de esos clientes reacios afirmó que nunca había probado un café tan bueno como el que había hecho con sus mokas.

No sé si será verdad o no, pero esta anécdota da una idea del personaje. No importa si lo hizo o no, sino que si lo hizo a nadie le extrañaría. Renato Bialetti tenía que ser uno de esos seres raros que de vez en cuando aparecen en este planeta capaces de convertir un objeto en un icono. Adiós, “señor Moka", te echaremos de menos.