Llevarse las sobras del restaurante es de ley

Primero hay que ponerse en situación. Típica boda en la que sobra comida, típica sensación de “no puedo más” que te entra mucho antes de que se asome el postre, típica tía (la mía, sin ir más lejos) que al final del maratón familiar y culinario pide con gesto discreto al camarero llevarse a casa las sobras envueltas en papel de aluminio.

¿Nos parece la mar de vulgar verdad? Pues en Francia desde principio de año esta costumbre tan rarita de llevarse a casa las sobras del restaurante se ha vuelto obligatoria por ley.

El Gobierno francés ha puesto en marcha una serie de iniciativas dirigidas a supermercados y restaurantes con el objetivo de reducir del 50% el desperdicio de alimentos antes de 2025. Entre estas medidas está la obligación para los establecimientos con 150 cubiertos o más de poner a disposición de los clientes que lo deseen las así llamadas doggy bags, literalmente bolsitas para el perro.

El término anglosajón, que ironiza sobre la típica excusa que ponemos para suavizar la petición de llevarnos a casa la comida del restaurante, está destinado a verse sustituido por alguna palabra francesa, de momento gourmet bag, pero ¿bastará darle un nombre francés para afianzar esta costumbre?

El principal obstáculo para la aprobación de esta medida, de hecho, ha sido cultural y estoy segura de que a pesar de la ley los franceses seguirán sin pedir la doggy bag durante mucho tiempo. Y cuando hablo de Francia, hablo también de España y de Italia donde la cosa nos da la misma vergüenza.

El obstáculo además es doble. Por un lado están los clientes que se resisten a hacer suya una práctica que por ejemplo en Estados Unidos es muy común, por el otro están los propios restauradores que no soportarían que sus platos sigan teniendo vida una vez “desfigurados” tras su paso por la mesa.

Sin embargo no puedo dejar de aplaudir esta medida por ser una llamada de atención sobre un tema muy sensible que a veces abordamos con demasiada ligereza. Sé que es difícil pensar el desperdicio de comida y en las disfunciones que provoca a nivel global en toda la cadena de producción, distribución y consumo de la misma cuando estamos pasando un buen rato en un restaurante, pero a veces no hay otro remedio que reflexionar sobre la magnitud de nuestros gestos más sencillos.

No sé prever lo que pasará en Francia o aquí cuando estas medidas se afiancen, si llegará el momento en el que seremos capaces de llevarnos las sobras del restaurantes sin sonrojarnos. Lo que sí sé es que la relación entre el derecho y la sociedad no es unívoca y a veces el cambio llega desde arriba. Hay leyes injustas, algunas inútiles. Esta ley que obliga a los restaurantes franceses a estar dispuestos a salvar el planeta con una doggy bag no pertenece a ninguna de estas dos categorías. Es más, deberíamos darnos prisa e imitar el ejemplo: esa tía del pueblo de la que tanto nos hemos avergonzado igual tenía razón.