¿Y si mezclamos un tomate con una fresa?

Crudo, cocido, frito, seco, entero, triturado. Con pan, sin pan. Con aceite, con sal, con azúcar, con especias. Siempre he pensado que el tomate es un alimento perfecto. Algo que no se puede mejorar porque no lo necesita. Pues al parecer me equivocaba un poco.

Nuestro querido tomate, ese tomate que comemos casi todos los días en esta parte del mundo, ese tomate que es uno de los símbolos de la dieta mediterránea, no tiene mucha vitamina C. ¿Y esto es un problema? Más o menos.

El organismo humano necesita “chupar” vitamina C de los ingredientes, dado que no sabe producirla solo y resulta que uno de los ingredientes que más consumimos, el tomate, anda relativamente escaso en vitamina C respecto a frutas como los cítricos (lo sabíamos), el kiwi, la papaya y la fresa.

Así que si queremos más vitamina C en nuestra dieta, tendremos que comer más naranjas, kiwis y fresas que tomates. A menos que, a menos que, alguien no se preocupe de potenciar la concentración de vitamina C en el tomate utilizando un gen de la fresa. Ya que comemos muchos tomates, por lo menos que nos aporten mucha vitamina C.

La cosa suena a ciencia ficción pero es una noticia de los más real.

Al parecer algunos estudiosos del Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria y Pesquera (Ifapa) y del Instituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterránea (IHSM-CSIC) han conseguido aumentar en un 15% la cantidad de vitamina C del tomate a partir de un gen de la fresa utilizando técnicas de ingeniería genética.

Estos tomates-fresa, estos tomates genéticamente modificados, han demostrado tener el 15% más de vitamina C. No es un gran resultado, afirman los investigadores, pues el tomate intenta mantener su equilibrio natural recurriendo a los así llamados mecanismos homeostáticos, pero algo es algo.

No sé que pensar de esta noticia. Siempre he nutrido cierta desconfianza hacia las mezclas hortofrutícolas como por ejemplo los mapo (híbrido entre una mandarina y un pomelo que se puso muy de moda hace unos años, por lo menos en Italia). Sin embargo tengo que admitir que nunca las palabras “genéticamente modificado” me han parecido tan inocuas. Tomate-fresa, ¿por qué no?

Eso sí, si el experimento altera el sabor del tomate lo tengo claro. Como religiosamente mis tomates todos los días y luego me atiborro a fresas (mi fruta favorita) con un buen chorro de limón. Que la ciencia está para mejorar las cosas.