Qué nos perdemos si comemos en silencio

Cuando por primera vez leí que España es el segundo país más ruidoso del mundo después de Japón me lo creí en el acto. Mientras he vivido en el centro de Madrid el inicio de la primavera coincidía con el comienzo de una nueva, ruidosísima, obra justo al lado de casa. Por no hablar del vaivén nocturno los fines de semana, los telefonillos que se oyen en toda la calle, las mudanzas, los camiones que traen las bebidas a los bares.

Después de casi diez años todavía no consigo acostumbrarme al ruido que produce una ciudad como Madrid. Y eso que vengo de Italia que no brilla exactamente por la discreción y los buenos modales de su gente.

Peor que una calle muy ruidosa, sólo hay una cosa: un espacio cerrado muy ruidoso. Huyo de las tiendas con la música a tope, sufro por los empleados que tienen que tragarse ocho horas de las mismas canciones sin interrupción (creedme, sé lo que es esto) y no soporto tener que gritar para pedir un café.

En las últimas semanas algunos restaurantes españoles se han unido a una interesante campaña promovida por la fundación Oír es clave, dedicada a mejorar la calidad de vida de las personas con dificultades de audición. La campaña, que se llama Comer sin ruido y tiene su propia plataforma web, pretende promover la difusión de restaurantes y locales acústicamente agradables con el fin de mejorar la experiencia y el bienestar de sus clientes.

La plataforma ofrece solución a algunos de los problemas más comunes en los restaurantes “a alto voltaje acústico” como el ruido procedente de la calle, el que viene de las máquinas que se utilizan (como la de moler café), el hilo musical, la tele encendida y hasta los cajones de los cubiertos y las patas de las sillas. Uno de los mandamientos más importantes es, cómo no, intentar bajar el "volumen" de los propios comensales.

Por un lado, esto se consigue como reflejo de un entorno acústicamente agradable: si no hay ruido no hace falta que levantemos la voz. Por otro lado, hace falta un esfuerzo de parte de los propios comensales. Y esto es el punto que hace que me plantee algunas dudas sobre esta campaña.

Para empezar intuyo que los clientes más ruidos del mundo, es decir, los niños, estarían destinados a quedarse siempre fuera de un local acústicamente agradable. Intenta tú bajarle el volumen a un niño de dos o tres años. Los restaurantes que se han sumado hasta ahora a la campaña son casi todos restaurantes de alta cocina y nunca he visto a ningún niño en un restaurante de alta cocina.

Luego está la cuestión del, llamémoslo, “orgullo nacional”. Los españoles –y los italianos– somos muy ruidosos. Lo somos en los autobuses, en el parque, en la playa, en las bodas y en los restaurantes. Nos apetece hablar con nuestros símiles, esto es así y creo que no es malo.

Estoy de acuerdo con que un restaurante, cualquier restaurante, el que hace alta cocina y el bar de la esquina, tenga que ponerlo todo de su parte para que el paso y la estancia de sus clientes sea lo más agradable posible, también desde el punto de vista acústico. Entramos a comer en un local con la idea de pasar un buen rato, de relajarnos.

Pero no estoy dispuesta a renunciar a esa efervescencia verbal que nos distingue, a los niños, al ruido al fin y al cabo, el que me hacía sentir en casa y en compañía cuando desayunaba sola en mi bar favorito de Sevilla en mi precedente vida de Erasmus.

Me gusta mucho la idea de un restaurante agradable donde pasar un buen rato, pero por lo menos para mí, un restaurante agradable es también un restaurante donde pueda hablar sin estar muy pendiente del volumen de mi voz, donde no tenga que preocuparme del comportamiento de mi hijo –siempre en los límites de la educación, claro está– y donde pueda escuchar a los demás y de paso sentirme en casa. Como siempre, la justa medida está en el medio, ni tanto ni tan poco. Los restaurantes son templos sí, pero abiertos a todo el mundo y donde se practica por definición el culto a la sociabilidad.

 

Imagen: un tranquilo restaurante de Lisboa.