El “food porn” nos hace engordar

Si dentro de 50 años me preguntaran qué hacíamos en la segunda década del siglo XXI, contestaría: fotografiar comida y subirla a Instagram.

Nos hemos rendido casi todos (y si no, haced una pequeña búsqueda utilizando etiquetas clave como #foodporn #food o #foodie) a la costumbre de sacar lo que nos vamos a comer lo más guapo posible y compartirlo en las redes sociales. El sentido de todo esto, creo, es presumir de una vida que por lo menos en ese momento, y justo gracias a la comida, es más agradable que nunca. Compartir es competir.

No sé cuánto tiempo todavía seguiremos subiendo fotos más o menos apetecibles de comida a Instagram. Lo que sí sé, porque lo acabo de leer, es que esta costumbre puede no ser tan inocua como parece. Según un reciente estudio publicado en la revista científica Brain and Cognition esta continua exposición visual a la comida podría hacernos engordar.

Uno de los papeles clave del cerebro, se explica en el abstract, es ayudarnos a alimentarnos. No es ninguna casualidad que en muchas especies animales la boca esté situada no muy lejos del cerebro. Ver, reconocer, la comida es el paso previo para llenar el estómago. ¿Cuántas veces no nos cabía ni un alfiler y se nos volvió a abrir el apetito tan solo con ver aterrizar en la mesa nuestro postre favorito?

Según el estudio en cuestión, el bombardeo de imágenes apetitosas a las que estamos sometidos estimularía nuestro apetito mucho más allá de la necesidad real que tenemos de comer. En este sentido las redes sociales se sumarían, por ejemplo, a los packagings más atractivos que nos tientan desde las estanterías del supermercado o los anuncios de la tele en los que la comida aparece siempre más guapa de lo que es en realidad.

En otras palabras, el flujo de imágenes suculentas que se nos cae encima al abrir nuestro Instagram escribiendo etiquetas como #foodporn sería capaz de forzar nuestros estímulos inhibitorios y arrojarnos a los brazos de las tentaciones. Un minuto antes no tenías hambre y un minuto después estás hurgando en la despensa en busca de chocolate por puro placer.

Hay quien se preguntará dónde está el problema. Ceder a las tentaciones es una actividad divertida y habría que celebrarlo si de repente surgen nuevas herramientas que multiplican las vías de acceso al placer. Pero las consecuencias de la sobreestimulación del hambre visual pueden ser más o menos graves según el perfil de los sujetos implicados.

En otras palabras, el food porn no sería malo en sí, pero en los sujetos que ya sufren trastornos de la alimentación, que tienden a nutrirse más de lo que su cuerpo necesita, esa cascada de fotos de comida sí podría ser especialmente dañina. En el mejor de los casos, nos empujaría a comer cosas que en grandes cantidades nos hacen un poco daño y no sólo a la línea. Los atracones de frutas y verdura son un fenómeno bastante más raro que los dulces, la comida rápida y los fritos.

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Algunas imágenes de mi Instagram