Comida. Cuando el límite es el espacio

Hay restaurantes carísimos que ofrecen experiencias únicas. Hay otros que no hay quién los encuentre en un mapa y otros que están escondidos detrás de una tintorería con una pinta poco legal.

Comer lo hacemos todos los días y más veces al día. Es normal que nos entren ganas de salir de la rutina, experimentar, de tocar los límites de un ritual que puede ser todo y nada.

Pero por muchos cocineros y empresarios creativos que pueda haber en este planeta, difícilmente los comensales mortales podríamos acceder a un bocado tan especial como un poco de lechuga cultivada en el espacio.

El pasado domingo la tripulación de la Expedición 44 degustó la primera ensalada cultivada fuera de la atmósfera terrestre, en la Estación Espacial Internacional. Se trata de una lechuga romana roja, que esos campesinos espaciales improvisados aliñaron con un poco de aceite de oliva y (cómo no) vinagre de Módena.

Al parecer esta ensalada espacial estaba muy rica y su cultivo lejos de la Tierra podría abrir un nuevo camino para recortar el gasto en comida para los astronautas y a la vez hacerles pasar el rato mientras dan vueltas alrededor de algún planeta.

No sé qué les parecerá a los demás, pero a mí este acontecimiento algo curioso me hace pensar en la cocina de vanguardia. Y no sólo porque comerse una lechuga crecida en el espacio y comérsela en el propio espacio es la más exclusiva de las experiencias culinarias que he oído hasta ahora (¡ya quisieran muchos cocineros poder ofrecer algo así a sus clientes!).

Concretamente, este hecho me hace pensar en la diferencia entre la cocina de vanguardia y la cocina tradicional. La cocina tradicional repite pautas, la cocina de vanguardia estudia los límites de un plato e intenta constantemente superarlos. La presentación, la textura, el orden de los ingredientes, los ingredientes mismos, la experiencia que rodea cada bocado. El cocinero de vanguardia, concededme el término, no “respeta” nada.

Aun teniendo claro que una lechuga es una lechuga, es decir, que se trata siempre de dar de comer (no he hablado con un solo cocinero que no tuviera claro que era un cocinero y que su restaurante servía comida), los cocineros de vanguardia trabajan en ausencia de gravedad, observan las cosas desde lejos, ven los ingredientes flotando y luego los juntan en un plato.

Astronautas armados de sartén, cuchillo y sifón, los cocineros de vanguardia llevan tiempo cultivando su propia lechuga espacial y sirviéndola a unos cuantos afortunados comensales que flotan alrededor de una mesa. El único límite de su proceso creativo es el cielo. O, mejor dicho, el espacio.