Oda al desayuno

Dicen que el desayuno es la comida más importante del día. Cierto, pero no estoy de acuerdo con la explicación que normalmente sigue esta afirmación. Cereales, leche, fruta, café. Desayunar es importante, pero no (o no sólo) porque aporta las energías necesarias para empezar el día, sino porque añade magia al comienzo del día. No importa lo larga, pesada, fría o cálida que haya sido la noche. En el 99,99% de los casos el desayuno lo vuelve a poner todo en su sitio.

Cuando pienso en el desayuno, pienso en la escena inicial de Desayuno con diamantes. Las calles de una gran ciudad poniéndose guapas para un nuevo día, el bochorno de una noche de fiesta (que mucho se parece al bochorno de cuidar toda la noche de un recién nacido) y ese interruptor capaz de encender el sol que normalmente está escondido en un bollo danés y una taza de café.

Yo soy de los que prefieren restar unos minutos al sueño con tal de desayunar con calma. Café, tostadas con mantequilla y mermelada (¡ay, la mermelada, ya le dedicaré un post entero!) y leche. Cuando llegué a España me extrañó la costumbre de comer tostadas con tomate y aceite por la mañana. Luego llegué a hacer mía esta costumbre convirtiendo el desayuno español en mi segundo desayuno. Con ajo y todo.

Hay un libro que, a pesar de lo poco que me gusta este adjetivo, tengo que definir delicioso dedicado al desayuno. Se titula El librito del amante del desayuno de Jennie Reekie y es una pequeña recolección de anécdotas y recetas relacionadas con la primera comida del día. Entre otras cosas este libro ensalza la efectividad del desayuno a la hora de vencer la resaca.

Así descubrimos, por ejemplo, que en Alemania el asunto hasta tiene nombre propio: Katerfruhstück. Unos rollmops –arenque salado enrollado relleno de pimienta, cebolla, pepino– especiados y servidos con nata agria, rábanos picantes y otras salsas, salchichas, jamón y bebida. No lo he probado nunca, pero es evidente que cualquiera que pueda sobrevivir a esta prueba recién empezado el día puede también sobrevivir a la resaca.

El desayuno nos define. Los que desayunan y los que no. Los que lo quieren dulce y los que lo quieren salado. Los que primero el café y luego algo de comer y los que no pueden tomar café con el estómago vacío. Los que prefieren desayunar solos, dedicando unos segundos a ponerse en orden, y los que prefieren charlar a la vez que van picoteando.

Las personas que se quieren desayunan juntas siempre que pueden. Hace unos meses dediqué un post a un proyecto fotográfico titulado Symmetry Breakfast centrado en los desayunos especulares de una pareja. Cada mañana un desayuno diferente. Dulce, salado, a base verduras y arroz. En Inglaterra, en Italia, en Japón. La única constante, el placer de empezar un nuevo día.

Por eso, creo, me gusta el desayuno. Porque es la comida vital por excelencia, porque esconde la clave para solucionar los problemas y las preocupaciones con las que te acostaste la noche anterior. Si desayunas es porque has vivido un día más. Y esto se merece ser celebrado. Con café y tostadas o con lo que nos dé la gana.

DESAYUNO_2 DESAYUNO_3 DESAYUNO_4 DESAYUNO_5

 

Imágenes: algunos de mis desayunos