Morir de éxito

Hace algunos años, cuando frecuentaba el Curso en Experto en Periodismo Gastronómico y Nutricional en la Universidad Complutense, oí hablar por primera vez de “burbuja gastronómica”. La expresión tenía un matiz negativo, claro, siendo una especie de sinónimo de saturación, sobreexposición, proliferación y ausencia absoluta de una boya a la que agarrarse.

Entonces, no estaba de acuerdo: pensaba que nunca se respiraría demasiada gastronomía. Hoy sigo sin estar de acuerdo, pero por otra razón. Porque la saturación gastronómica de entonces no es nada comparada con la actual.

No me refiero a los restaurantes que sirven comida, los cocineros que cocinan o los miles de héroes que cultivan o crían las materias primas. Tampoco me refiero a los programas de televisión, de radio y los periódicos que explican y dan visibilidad a todas esas realidades.

Cocineros para todo

Me refiero a programas de televisión que son reality shows y enfrentan a adultos y niños, cada uno en su categoría, ahumando salmones y abriendo ostras. El estreno de cada uno de ellos se me hace cada vez más aburrido.

Me refiero a programas que fueron programas de actualidad y que ahora se limitan a dejar constancia una y otra vez de los hábitos gastronómicos de los españoles. ¿En serio todo se reduce a la botellana “relaxing cup of café con leche”?

Me refiero a los cocineros que: a) pierden peso y lo tuitean; b) corren maratones y lo tuitean; c) publican libros prácticos sobre cómo adelgazar, cómo cuidarse con la comida, etc.; d) participan en programas de televisión; e) protagonizan anuncios, pero todo tipo de anuncios convirtiéndose, quizá sin darse cuenta o quizá porque sólo quieren aprovechar el momento, en chicos para todo.

Muchas veces, entrevistando a altos-cocineros de altos-restaurantes, he escuchado la palabra “rentable”. La alta cocina es difícil de costear. No sólo por el precio del producto, a veces es lo de menos, sino también por el servicio en sala (más camareros que comensales) y sobre todo por la inversión –de tiempo, energías y dinero– que es lo que hace que la alta cocina sea alta cocina.

Dicho esto, tengo la sensación de que ahora la cocina –o más bien su reflejo– es el negocio rentable por excelencia. Te hace famoso como un futbolista pero sin caer tan mal como un futbolista. Y sobre todo divierte, entretiene, rellena el tiempo de la manera más linda. ¿A todos nos gusta comer, no?

Viaje al centro de la alta cocina

Me parece bien que se hable de cocina y gastronomía. Lo que me parece mal es que la cocina y la gastronomía se conviertan en un telón de fondo para productos televisivos idénticos y juguetes que tarde o temprano se romperán.

Por supuesto, cada uno es libre de gestionar su tiempo y sus prioridades como prefiera y de aprovechar el momento, si esto es lo que desea, pero no estaría de más tomarse un pequeño descanso de vez en cuando. Colgar el cartel de cerrado por vacaciones en pleno enero e ir a pasear, por ejemplo, en esa exposición en la Fundación Telefónica que destripa el proceso creativo de elBulli.

¿Por qué? Porque es un viaje silencioso al centro de la Tierra, hasta el núcleo incandescente de esa alta cocina que para ser alta implica búsqueda, conocimiento, disciplina y también diversión. La cocina es un juego, desde luego, pero de esos a los que hay que jugar seriamente. A costa de parecer aburrida, entre irse por las ramas o irse a la raíz, yo elijo la raíz.

Imagen: Auditando el proceso creativo. Fundación Telefónica, 2014 © Fernando Maquieira