‘Cook Lit’, la palabra que andaba buscando (o no)

Hace unos días aterrizó en mi buzón una nota de prensa de una editorial. Su contenido hacía referencia a una novela protagonizada por una chef de éxito que por una serie de circunstancias más o menos banales cambia radicalmente de vida.

La novela en cuestión, al parecer, pertenece al género Cook Lit, un filón de la narrativa que aprovecha el tirón actual de la gastronomía adaptándola a los gustos de las lectoras (que no de los lectores en general).

“Chicas” a los fogones

En este sentido el Cook Lit o también Kitchen LitLit está por literature – sería parecido al Chick Lit, ese subgénero bastante infumable dirigido a las “chicas” que va de compras salvajes, pintalabios, éxitos profesionales y desamores.

La única diferencia es que las “chicas” que no saben ni freír un huevo son sustituidas por las que regentan las cocinas de grandes restaurantes.

Bien. Entiendo que ésta puede ser una estrategia de marketing – si quieres que un fenómeno se convierta en tendencia, primero dale un nombre – pero me da un poco de pena asistir a esta especie de deriva frívola de la narrativa gastronómica.

Sí, porque digan lo que digan las notas de prensa, la literatura gastronómica existía ya y no es el fruto del éxito de programas televisivos como Masterchef o del gastrofrenesí que recorre las redes sociales.

La gastronomía es un buen tema para construir a su alrededor una novela porque comer es como amar, morir, respirar. Es algo necesario, un catalizador natural de historias.

Y tanto es así que hasta los libros de gastronomía menos narrativos, los recetarios, son a la vez tratados de historia, ensayos de antropología y textos sagrados. Uno de mis placeres más “friki” es irme a la Biblioteca Nacional y bucear entre recetarios de todo tipo. Siempre vuelvo a casa hambrienta, satisfecha y con la convicción de que cada receta es un tesoro.

Cuestión de espacio

Un hurra entonces por el Cook Lit si lo que hace es convertir la gastronomía en un tema atractivo para un público cada vez más amplio, pero no me alegro lo más mínimo si las historias de “chicas” a vueltas con los fogones llegan para quedarse con todo el espacio del que ahora gozan libros como Rapsodia gourmet de Muriel Barbery o Comer y beber a mi manera de Manuel Vicent o, por qué no, un cómic irreverente como Los bajos de la alta cocina de Álvarez Rabo.

Esta “perspectiva de género” en su peor sentido es lo que menos me gusta del Cook Lit. ¿Acaso los hombres no comen? ¿No van a hacer la compra y cocinan para su pareja o sus hijos? La cocina es siempre, tanto en casa como en un restaurante con estrellas, un trabajo duro en el que hay que ensuciarse las manos, los tonos rosados no le pegan nada.

También es un ritual profundo, que implica mucha seriedad, aunque lo pases fenomenal con tus cacharros y tus hornillos. Aunque en la tele no hagas más que ver gente que cocina y cocina y cocina. Aunque en los medios no pares de leer artículos y reflexiones en torno a la comida (Mea culpa).

Vale, que la gastronomía está de moda (detesto esta expresión), pero esta vida es demasiado corta para leer libros malos que te llenan el estómago después de tan sólo dos páginas.