La portada del Interviú y otras cosas que no hacen bien a la cocina

Cuando llegué a Madrid para quedarme no sabía quién era Isabel Pantoja o Pocholo y creía que el puente de la Almudena era un lugar. Tampoco sabía que en la portada del Interviú siempre salían chicas semidesnudas (y semifamosas).

Entonces mis amigos españoles no tardaron en colmar cada una de esas lagunas informativas y ahora, ocho años después, puedo decir que el hecho de que una concursante de Masterchef sea portada del último número del Interviú no me sorprende mucho.

Y no por ella, sino porque demuestra que los programas televisivos centrados en la cocina tienen mucho más que ver con el espectáculo, el entretenimiento y la audiencia que con los fogones. Es más, no les hace ningún favor.

Cocineros molones

Menuda intuición, diréis: en la televisión manda la ley de la televisión. Sí, pero entonces no hablemos del auge de la cocina, no repitamos frases sin sentido como “la cocina está de moda” cuando en realidad los que están de moda son los programas de cocina porque aprovechan el tirón de un fenómeno que ellos mismos han contribuido a crear.

Digo “contribuido” porque el mérito de que hoy mole ser cocinero lo tienen esos revolucionarios tecnoemocionales – Adrià y su pandilla – que hace 20 años hicieron temblar desde España los fundamentos de la alta cocina.

Pero esa cocina no tiene nada que ver con las cocinas que vemos en la tele.

A las cocinas de los restaurante generalmente llegas después de haberte formado como cocinero. En ellas no compites con tus compañeros por ganar una plaza en una escuela de cocina. Si querías ser cocinero, ¿por qué no se te ocurrió estudiar para cocinero?

En las cocinas de los restaurantes trabajan cocineros que decidieron ser cocineros cuando todavía no molaba. Y no molaba porque el de la cocina era (y es) un ambiente duro, hecho de compañerismo y jerarquía, que exige horarios de trabajo imposibles y un enorme esfuerzo físico. Es decir, no guarda ningún parecido con un plató en el que el único enemigo es el reloj.

Desnudarse en un restaurante

Aun así, tampoco me gusta mucho el enfoque de programas como Pesadilla en la cocina. Grasa, cucarachas, ratones y falta de ideas. Estoy segura de que hay restaurantes capaces de convertir un almuerzo en una actividad de alto riesgo, pero, ¿es necesario que lo sepamos?

Los programas de cocina además suelen compartir con algunas películas una visión bastante deformada de la alta cocina. Flores, bolas de hilos de caramelo, humos que no vienen a cuento y, cómo no, hojas de cebollino y reducciones de aceto balsamico. Platos vestidos de punta en blanco para satisfacer a clientes más estirados que los huéspedes de Downtown Abbey.

En la vida hay pocas cosas que se disfrutan tanto como la comida: las salas de los restaurantes están llenas de gente que si pudiera se desnudaría para pasarlo, si es posible, aún mejor. Por mucho que cueste un menú de alta cocina, no hay que ser ricos ni estirados para acudir a un restaurante con estrellas.

La alta cocina es asequible y me gustaría que algún medio de difusión masiva se preocupara más de decirlo.