Comer como un rey

Sol, banderas, coches descapotables, una corona y un balcón. Ayer Don Felipe pasó de ser un príncipe a ser un rey. La celebración tuvo, como es debido, su intermedio gastronómico: una recepción para 2.000 invitados en el Palacio Real.

El catering, parece, fue a cargo de Mallorca con cava catalán para brindar. No me extraña: siempre he pensado que las tensiones políticas tienen en la gastronomía su mejor aliado y me refiero tanto al cava catalán como a la elección, como mínimo democrática, de un servicio de catering asequible para todo el mundo, aunque a una escala más pequeña.

Indiscreciones culinarias

Sin embargo, más que lo que comieron los 2.000 invitados, me gustaría saber qué cenaron los nuevos Reyes de España después de un día tan “intenso”.

¿Un toast? ¿Leche con galletas? ¿Un caldo de pollo? ¿Un gazpacho? Ayer me acosté con estas preguntas y con la certeza de que nunca tendrán respuestas: lo que se come en Palacio se queda en Palacio aunque a veces, con un poco de suerte, puede filtrarse alguna indiscreción.

Por ejemplo, sabemos que los (ex) Príncipes de Asturias convocaron a la plana mayor de la cocina española (Ferran Adrià, Juan Mari Arzak y Paco Roncero) para preparar la cena de gala previa a su enlace, mientras que el pastelero Paco Torreblanca se encargó de una tarta de boda en la que quiso plasmar los gustos personales de Felipe y Letizia.

Revela Torreblanca en un documental que el nuevo Rey de España es un apasionado de los chocolates fuertes, mientras a Doña Letizia le gustan los chocolates con leche y las magdalenas que hacía su abuela. El resultado fue una tarta de chocolate con leche, avellana – de allí el nombre de ‘Gianduia Real’ – y un bizcocho de aceite de oliva que no sólo suscitó la aprobación de Don Juan Carlos y del Príncipe Carlos de Inglaterra, sino que hizo que Doña Sofía repitiera postre.

Alfonso Rey de Castilla y el ajo

Hubo un tiempo en el que las indiscreciones sobre lo que comían los reyes estaban negro sobre blanco, pues entre los primeros recetarios de cocina figuran los que están escritos por cocineros de Su Majestad.

En el Arte de cocina, pastelería, vizcochería y conservería, de 1611, Francisco Martínez Montiño – jefe de las cocinas de otros reyes Felipe – ofrece algunas pistas, por ejemplo, sobre un banquete de Navidad digno de un rey: ollas podridas, perdices asadas con salsa de limones, empanadas de liebre, conejo con alcaparras, uvas, melones, pasas, queso y conservas (obviamente son sólo algunas de las viandas).

En tiempos más recientes, Alejandro Dumas en su Diccionario de cocina revela que Alfonso rey de Castilla tenía tal aversión al ajo que allá por 1330 estableció por ley que los caballeros que hubieran comido ajo (o cebolla) no podrían personarse en la corte ni comunicarse con los otros caballeros al menos durante un mes.

La Reina Margherita y la “reina patata”

En 1889 la Reina de Italia Margherita accedió a que su nombre fuera asociado para siempre a una pizza a base de tomate, mozzarella y albahaca, versión comestible de la bandera italiana, mientras una leyenda (subrayo, leyenda) quiere que María Estuardo tenga la culpa de que la mermelada se llame así.

Para volver a la coronación. Los cronistas ayer no paraban de destacar el papel de Don Juan Carlos en el proceso de afianzamiento de la democracia en España.

No comentaré ni matizaré esta afirmación, pero creo que si de verdad queremos hablar de monarcas a los que les debemos mucho, tenemos que nombrar a Don Fernando y Doña Isabel que hace unos cuantos siglos decidieron confiar en el descabellado proyecto de un italiano con el resultado inesperado de traer a este lado del charco productos como el tomate, el cacao – que, por cierto, Moctezuma hacía servir en tazas de oro – y la “reina patata”, que tardó en abrirse camino en Europa, pero que en 1599 ya se asomaba bajo forma de tortilla en el Libro del arte de cocina del cocinero de los Austrias Diego Granado.

Lo siento, pero no hay rey que pueda superar esto.