La felicidad es una croqueta

Para muchos Marcel Proust es un ilustre escritor francés, para mí es el inventor del comfort food. ¿Y qué otra cosa sería esa magdalena capaz de desencadenar recuerdos tan sólo con saborearla? La comida es así: puede mirar hacia delante, pero la mayoría de las veces los recuerdos se le quedan pringados.

Todo el mundo tiene su propio comfort food – un guiso, una tortilla, una ratatouille – pero si tuviéramos que elaborar una lista de las comidas más pringosas para el alma seguro que esta lista la encabezaría una croqueta. Será porque una croqueta no es nada sin su relleno o será porque con su relleno cada uno hace lo que le da la gana, pero esas bolitas fritas parecen estar hechas para encerrar emociones.

Y de croquetas y emociones habla un libro de reciente publicación con el que me topé hace unos días y cuyo título me parece muy acertado: La felicidad en una croqueta de la periodista gastronomista Laura Conde.

Se trata de un recetario monográfico con un aspecto retro, pero suficientemente moderno como para no tener miedo a palabras como “congeladas” o “a domicilio”. No sólo recetas, sino también pistas sobre los templos de la croqueta, trucos, consejos prácticos y anécdotas.

Al parecer, leo, mis croquetas, las que siempre han hecho las mujeres de mi gran familia italiana, son herederas directas de las croquetas de la época romana, ligadas con puré de patatas, mientras las españolas resulta que españolas no son porque nacieron en Francia y empezaron a difundirse entre las clases populares de este país sólo en la segunda mitad del siglo XIX.

¿Por qué entre las clases populares? Porque la croqueta es una de las salidas más obvias y más baratas para la comida que sobra.

Sin embargo las croquetas son transversales: la autora lo cita en el capítulo dedicado a la historia de este manjar, pero seguro que a muchos no se nos ha olvidado la nota de color que protagonizó hace año y medio el ministro de Economía Luis de Guindos cuando llegó a una reunión del Eurogrupo bien agarrado a un túper de croquetas.

Y es que la croqueta es muy democrática: creo que no conozco a nadie al que no le gusten las croquetas. De jamón, de bacalao, de setas, de ropa vieja (a propósito de reciclar las sobras).

Para mí, las mejores seguirán siendo las croquetas de chocolate de Diego Guerrero en El Club Allard y las de espinacas que me tomaba en un bar del que ahora es imposible que me acuerde el nombre en la Plaza del Salvador de Sevilla.

Las tomaba siempre acompañada de un número impreciso de amigos, por supuesto con una caña y me recuerdo que las servían con unas patatas fritas de bolsa. Vale, quizá no fueran las mejores de Sevilla ni mucho menos de España, pero tenía veinte años y estaba de Erasmus en una ciudad maravillosa: es prácticamente imposible que las desahucie en algún momento de mi corazón.