Nevera vacía, basura vacía

Cuando digo que escribo de gastronomía, la reacción suele ser la siguiente: “Guay ¿Y te pagan por reseñar restaurantes?”. La respuesta es: “Sí y no”. Sí porque si escribes de gastronomía no puedes prescindir de cocineros y restaurantes y no porque, según mi manera de ver, la gastronomía implica muchísimas más cosas: productos y productores, historia, libros, proyectos artísticos, películas y últimamente hasta estrenos de televisión. Cultura, al fin y al cabo,  que se merece una mirada más amplia.

Hablar de gastronomía es hablar también de hábitos alimenticios. Hoy por ejemplo arranca la segunda edición de la Semana de la Reducción de Desperdicios organizada por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Se trata de una iniciativa que pretende promocionar un consumo y un manejo más responsable de la comida a través de acciones informativas dirigidas a todos los eslabones de la cadena: supermercados, restaurantes, consumidores finales.

No sé si esta campaña es efectiva o no, pero cuando creces en los 80 prefiriendo la comida rápida a las albóndigas de tu abuela y luego te encuentras con 35 años reciclando las sobras y tan orgullosa de ello te das cuenta de que si desperdiciar la comida ahora nos parece mal es porque alguien en algún momento empezó a decir que estaba mal. Más vale entonces que el mensaje se repita hasta la saciedad, aunque hay que añadir un matiz.

Entre las buenas prácticas – los “trucos”, dice el Magrama – que contribuyen a reducir los desperdicios están hacer la compra con una lista de lo que necesitamos en la mano, conservar correctamente la comida y aprender a reutilizar lo que queda en la nevera.

Yo iba regular en las tres asignaturas, hasta que cayeron en mis manos dos libros rellenitos y a la vez muy digeribles como Comer animales de Jonathan Sanfran Foer y Despilfarro. El escándalo global de la comida de Tristam Stuart. El primero parte de una decisión personal del autor – la de dejar de comer carne – para luego tocar temas como el maltrato animal, la sobreexplotación de la tierra y del mar y la sobreproducción de comida. El segundo denuncia todos los malos hábitos – de productores, distribuidores, supermercados, consumidores y políticos – que están detrás del desperdicio global de la comida.

Leí estos dos libros el mismo verano, uno después de otro, y la consecuencia fue que no he vuelto a pisar un fast food y que he dejado de comprar la leche con cinco días de fecha de caducidad si sé que la voy a consumir en dos.

Aun así, sigue habiendo comida que se esconde en mi nevera y que rescato cuando ya no hay nada que hacer. La lista de la compra son más las veces que se me olvida en casa y a menudo compro lo que no necesito. Reutilizar las sobras, eso sí, se me da bastante bien: la cocina tradicional con su “manía” de reciclar comida del día anterior es un recurso muy útil y, si no, tiro de fantasía.

La cuestión es que es muy difícil ser virtuosos cuando un supermercado repleto de productos (que acabarán en la basura) nos da buen rollo mientras uno con los estantes medio vacíos nos parece cutre, cuando una manzana nos gusta cuanto más perfecta es y los pezqueñines simplemente nos parecen peces más tiernos.

En este tema del desperdicio quizá no basta con que te digan que está mal tirar comida a la basura. Hay que aclarar qué efecto puede tener sobre el planeta comprar sólo lo que necesitamos con el objetivo de tirar menos comida posible a la basura. Y esto es, resumiendo: si todos compramos menos y llenamos la nevera sólo con lo justo, se reduce la demanda global de comida y por consecuencia su oferta, su precio y el desperdicio.

Así que cuando una basura llena nos dé más miedo que una nevera vacía estaremos más cerca de este objetivo. La revolución empieza en la cocina de cada uno y esto también es gastronomía.

*Imagen facilitada por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente