Y ahora tu rol en Twitter es…

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EFEMusk asegura que Twitter pierde 4 millones de dólares al día

Les habían avisado, pero nada impidió que el pasado viernes se convirtiera en una angustiosa jornada “laboral” para buena parte de la plantilla de Twitter en todo el mundo. El jueves los empleados recibieron la advertencia – quien avisa no es traidor – de que antes de las 9 de la mañana del viernes 4 de noviembre, todos recibirían un correo electrónico individual con el asunto: “Tu rol en Twitter”, a través del que conocerían su inmediato destino profesional. Básicamente, un te quedas o te vas. Esa noche, pocos conciliaron el sueño. Por muchas elucubraciones que hicieran, nadie lograba pronosticar qué parámetros iban a tenerse en cuenta antes de poner en marcha la sierra mecánica. ¿Antigüedad en la compañía? ¿Departamento? ¿Edad o experiencia? ¿Acumulación de bajas, quizás? ¿Filias o fobias? Menos de una semana después de que Elon Musk entrara en la empresa con su famoso lavabo, era difícil entender cómo en tan escaso margen de tiempo podría haber sido valorado el trabajo de cada empleado antes de decidir cerrarle o no la puerta en las narices.

Hasta entonces, la única espada que había cercenado cabezas siguiendo, digamos, la lógica de cualquier nuevo propietario de una empresa, fue la que afectó a sus máximos directivos, entre ellos el consejero delegado, Parag Agrawal, el director financiero, Ned Segal, y la máxima responsable de políticas y asuntos legales, Vijaya Gadde. Este sí era un movimiento esperado, el más ajeno a los innumerables vaivenes que caracterizan al polémico millonario. Porque puede que el efecto máscara en el rostro del riquísimo Elon Musk sea únicamente eso, un efecto óptico sin relación con tratamientos estéticos poco afortunados, pero en realidad, donde con más frecuencia se lleva una máscara es en el espíritu. Por ello, que algunos señalen precisamente la autenticidad como rasgo distintivo del excéntrico empresario da mucho qué pensar. ¿Se convierte uno en auténtico por el mero de expresar opiniones sin filtros? ¿Acaso no es más auténtico quien mantiene cierta coherencia – que no dogmatismo – en la toma de decisiones? El magnate pretoriano arrastra tan errático pasado de “ahoraestoahoralocontrario” que resulta harto complicado ver en su actual adquisición y manejo del sitio de microblogging más famoso del mundo algo parecido al verismo.

Eso sí, quién soy yo (ni nadie) para poner en duda los pasos del poderoso Elon Musk, lector de Nietzsche y Schopenhauer, progresista en lo social y conservador en lo fiscal según él mismo se declara, CEO de Tesla y SpaceX. Un tipo visionario, de inteligencia superior, que puede permitirse cambiar de opinión, si quiere, cada tres minutos, obviando aquella otra inteligencia que Daniel Goleman se empeñó en enseñarnos desde 1995, la emocional. Un don que puede consolar a quien lo tenga, aunque en muy raras ocasiones servirá para hacerle rico. Musk lo es, mucho. El mismísimo amo. Con un patrimonio neto estimado en 252 mil millones de dólares ocupa, sencillamente, la cúspide de la riqueza según el índice de multimillonarios de Bloomberg y la lista de multimillonarios en tiempo real de Forbes. De modo que cuestionarle resulta ridículo. Casi más que sus salidas de tono, sus excentricidades de patio de colegio o los memes y mensajes con los que estos tres últimos días ha respondido a través de su nuevo juguete a otros personajes relevantes como Stephen King, indignado con el anuncio de que Twitter cobrará 20 dólares, posteriormente rebajados a 8, por mantener el tick azul de verificación de una cuenta.

Aunque, a estas alturas, referirse a juguete al hablar de Twitter resulte tan superado como inexacto. Quizás en un inicio, cuando Musk hizo aquella primera oferta de la que intentó sin éxito echarse atrás - la denuncia de Twitter en un tribunal de Delaware le obligó a cumplir lo pactado -, el empresario tenía en mente ganar en influencia más que en patrimonio, pero más tarde, desembolsados los 44.000 millones de dólares, se borró de un añil plumazo su intención, públicamente declarada, de que hacer negocio con Twitter no figuraba entre sus inquietudes. “La razón por la que he comprado Twitter es porque es importante para el futuro de la civilización que esta cuente con una plaza del pueblo digital común. No lo hice porque fuese fácil. No lo hice para ganar más dinero” había explicado Musk antes de que se le acumularan los sinsabores, antes de aceptar que sí, ya era dueño de una empresa emblemática pero, sobre todo, deficitaria.

Las cosas se habían torcido de manera impensable y por primera vez sus proverbiales cambios de opinión le habían jugado una mala pasada. Su órdago le obliga a pagar 1.000 millones de dólares anuales en intereses por los préstamos contraídos para comprar la plataforma, una suma superior a las ganancias totales que tuvo la aplicación durante todo el año 2021. Así que las cosas no estaban como para ponerse a realizar los masivos despidos y el cierre de oficinas evaluando antes caso por caso. Aunque no sirva de consuelo a los que dejaron de tener un rol en Twitter, ahora la cuestión prioritaria es mejorar el rendimiento económico de la plataforma, cerrar agujeros, achicar agua. Números en un bombo o lanzamiento libre de dados, el método para seleccionar quienes se quedan sin rol en la jaula – hasta ahora dorada – es lo de menos.

El propio Musk justificaba el viernes los despidos masivos en que la red social pierde más de cuatro millones de dólares al día. Un cráter más que un agujero. Nadie cree, en cualquier caso, que Twitter pueda producir en el empresario sudafricano algo más que un temporal rasguño. Además, no está solo. El multimillonario saudí Al Waleed Bin Talal ya se ha unido a la nueva empresa anunciando la transferencia de su participación en las acciones actuales de Twitter, que ascienden a 34.948.975 acciones valoradas en 1.890 millones de dólares, a la nueva empresa de Twitter dirigida por Musk. “Querido amigo ‘Jefe Twit’, Elon Musk, juntos en todo el camino”, escribió Al Waleed en su cuenta personal, convirtiéndose de inmediato en el segundo mayor accionista de la empresa después de su propietario.

La jugada está en marcha, pocos creen que el magnate vaya a equivocarse por muy estruendoso y traumático que haya sido el aterrizaje. Recurrirá al infalible comodín del cambio de chaqueta y los anunciantes volverán, se acallarán las protestas, nos olvidaremos de los trabajadores sin rol y los diez hijos del nuevo propietario de Twitter podrán seguir viviendo tranquilos. Habrá para todos, incluso si se unen más miembros al clan.