Vivir y morir sin aliento

Vivir y morir sin aliento

EFEMiembros de la Guardia Civil en Escalona, Toledo.

Feliz Navidad, próspero año y felicidad, se oye estos días. Pero es evidente que la Navidad no puede ser feliz, que no hay prosperidad por delante y que hablar de felicidad es una utopía y un chiste de mal gusto cuando se siguen matando mujeres por el simple hecho de serlo.

No hay palabras lo suficientemente gruesas para definir el fracaso que supone para nuestra sociedad este machismo depredador, esta lacra que no para, esta maldición que no se separa de nosotros, estas cifras que nos ensucian y nos deberían avergonzar como ciudadanos y que vienen a demostrar que nos sobrevaloramos y que con toda seguridad todavía no somos el país que creemos ser.

Y tampoco hay feliz año nuevo que valga. Porque sabemos que en el 2023, como en el 22 o el 21 o el 20, se seguirá matando a las mujeres, se las seguirá maltratando, insultado, humillando, vejando… No. No será un buen año para todas aquellas mujeres que seguirán viviendo y muriendo sin aliento, rodeadas de angustia y temor, echando la vista atrás, poniendo cerrojos en sus puertas, en sus ventadas y en sus vidas. Será un feliz año nuevo en el que se seguirán recibiendo infinitas llamadas de auxilio, donde muchas mujeres vivirán escondidas de sus agresores y quién sabe si futuros asesinos, y donde muchas más de las que nos podamos imaginar continuarán sobreviviendo cada día como si a lo peor fuera el último de sus vidas.

No hay felicidad con miedo, no hay esperanza con miedo, no hay justicia cuando el miedo nos tiene rodeados. Porque como ha dicho Marisa Soleto aquí, no hay vida ni nada que se le parezca mientras haya miles de mujeres que despertarán cada día de este feliz año nuevo que viene siendo conscientes de que, como escribió Monterroso, el dinosaurio sigue estando ahí fuera.

El poeta Ángel González dejó dicho: Hay que ser muy valiente para vivir con miedo. / Contra lo que se cree comúnmente, / no es siempre el miedo asunto de cobardes. / Para vivir muerto de miedo / hace falta, en efecto, muchísimo valor.

Y es verdad. Qué valor tienen estas mujeres que son capaces de convivir con la muerte y seguir con la vista al frente; que tienen las agallas de protegerse ella y sus hijos y de continuar el camino de su maltrecha existencia pensando que hoy, mañana o pasado puede ser, quién sabe, el último día. Qué valor hace falta para vivir cargada con una mochila repleta de explosivos que pueden estallar a la vuelta de la siguiente esquina o en el portal de aquella casa. Y todo esto no es literatura, ni la suma de frases rotundas, esto es la vida y después la muerte, la muerte de demasiadas mujeres.

Los datos de los últimos días, incluso de las últimas horas de este diciembre que lleva camino de convertirse en el mes más sangriento desde que se contabilizan estos asesinatos, vienen a confirmar que no estamos aprendiendo nada, que se corre el peligro de empezar a normalizar el asesinato impune de mujeres como algo que pasa, sin más, sin que aparentemente podamos hacer nada para poner fin a esta sangría. No podemos normalizar el sinsentido y seremos unos cobardes indignos si nos atrevamos a normalizar tan siquiera una sola muerte más. La que sea.

Y no estoy de acuerdo con el ministro Marlaska cuando dice que sí, que se está trabajando bien para combatir esta masacre. No es verdad. Vaya por delante que culpables somos todos, no solo él. Ni los ciudadanos de a pie, ni la clase política, ni las fuerzas de seguridad del Estado, ni los tribunales de Justicia están, estamos, a la altura de los datos que día tras día se desploman sobre nuestras cabezas. Y esto no es una crítica contra nadie sino una triste realidad y un alegato contra todos.

¿Cuántas veces hemos apartado la vista al darnos cuenta de que aquel individuo estaba acosando verbalmente a aquella mujer? ¿Cuántas veces los ciudadanos no hemos querido ver ni hemos querido oír lo que sabíamos que pasaba en el 2ºA, en el 3ºD, en el 4ºH o en el 5ºB? ¿Cuántas veces hemos cerrado los ojos y nos hemos tapado los oídos?

¿Y cuántas veces nuestros políticos han jugado con esta tragedia en busca de réditos políticos más que en defensa de las víctimas que vendrán? ¿Cuántas veces, también, las fuerzas de seguridad del Estado han hecho dejación de funciones y no han cumplido con su misión de auxilio y prevención? ¿Y cuántas veces los jueces han dejado en libertad a quién no debían o han hecho caso omiso de las quejas de muchas mujeres a las que abandonaron a su suerte y después acabaron asesinadas?

No. Todos tenemos un porcentaje de responsabilidad en lo que está pasado, todos somos un poco culpables de que demasiadas mujeres vivan permanentemente con su esquela en el bolso de mano. Esto no va sólo con aquellas que mueren y con aquellos que matan, esto va con todos nosotros, como individuos y como sociedad.

Y la solución no está en alarmarnos exclusivamente cuando cae asesinada una mujer cada tres días, como ahora, sino en hacer todos -ciudadanos, políticos, policías y jueces- muchísimo más de lo que hemos hecho hasta ahora, a la vista de los resultados. Nosotros abriendo los ojos; la clase política legislando sin ideología pero con contundencia y conocimiento de la realidad; la policía, actuado enérgicamente, con sensibilidad y sin contemplaciones, y los jueces poniendo las leyes de parte de las víctimas y no como exclusiva salvaguarda de los futuros culpables.