Vega Sicilia, un “cría cuervos” de reserva

David Alvárez y familia

ArchivoLa familia de David Álvarez en imagen de archivo

Hace nueve años que el nombre de Vega Sicilia saltó de las mejores mesas a los juzgados. Ya sabemos que las guerras civiles gustan del abono gourmet de empresas familiares, legados o herencias, así que la estallada en la familia Álvarez - siete herederos y muchos millones en juego – prometía sobresaltos desde el inicio y, aún hoy, los sigue dando. Los hermanos Álvarez, hijos del fundador del grupo Eulen, multinacional de servicios con más de 84.000 empleados e implantación en una docena de países, siguen dispuestos a no firmar la paz. Tampoco una tregua, a pesar de la desigualdad en número de los bandos y de que a diferencia de otros casos de “cría cuervos”, este comenzó cuando el progenitor aún vivía.

Su error, si es que puede calificarse de tal al hecho de que un padre confíe en sus hijos, empezó a pagarlo el empresario leonés David Álvarez en 2010. Un año antes, a sus 82 años y viudo por segunda vez, tuvo la ocurrencia de casarse con su secretaria, 38 años menor que él, y para que las ampollas levantadas no se enquistaran decidió ceder a sus hijos el control de El Enebro, la sociedad patrimonial creada para agrupar los activos de la familia. A cambio, él mantenía el control del 51% del capital. Sus siete hijos manejarían el otro 49%, un 7% cada uno. En un principio, todos contentos. Poco después, sin embargo, David Álvarez decidió volver al trabajo y se topó entonces con una cruda realidad que imaginaba impensable. Cinco de sus hijos no estaban por la labor y le destituyeron como presidente en una junta de accionistas que acabó en los juzgados y fue, finalmente, anulada. Solo dos de sus descendientes se mantuvieron fieles en aquel momento.

El resto, desconfiando cada día más, siguieron conspirando contra el padre. La cautela, es cierto, nunca está de más y no faltan medios para ejercer una “protección” contra “el intruso” que podría quizás rebañar una porción demasiado grande del pastel. Sin embargo, la cuestión es que ninguno de los conspiradores debería haber olvidado que el suculento bizcocho lo cocinó su progenitor y que, por lo tanto, mientras viviera tenía derecho a hacer, hasta con las migas, lo que quisiera. Ese “olvido”, no obstante, se siguió alimentando y el enfrentamiento se recrudeció con un segundo asalto por la venta de unas acciones en 2013 entre dos compañías familiares (Eulen y El Enebro) que todavía se dirime en las trincheras judiciales. Ahora entre María José, actual presidenta de Eulen, y Marta, Elvira, Juan Carlos, Emilio y Pablo Álvarez Mezquiriz, que controlan la sociedad El Enebro, el mayor accionista de las bodegas Vega Sicilia. Aquel año, el propio Álvarez acusó a sus hijos de vaciar la sociedad patrimonial “como si fuera suya”.

Por descontado, la guerra no finalizó a la muerte del marqués de Crémenes en 2015. Si aquello de dejar todo atado y bien atado solo funciona cuando los herederos se avienen a la última voluntad de su ser querido y, aunque no les guste, la acatan, la cesión en vida a los hijos puede suponer el suicidio patrimonial. Se vive tanto, que la paciencia de los herederos se agota. Por otro lado, en España la legítima y el tercio de mejora dejan muy poco margen de maniobra a la hora de disponer de los bienes y a la obligatoriedad de que los hijos hereden la mayor parte del patrimonio, hace años que se extendió la percepción de que la herencia les pertenece aunque el progenitor continúe vivo. Hoy se puede llegar tranquilamente a cumplir más de 90 años y al viudo, como le ocurrió a David Álvarez, le puede dar por aliviar su soledad volviendo a contraer nupcias. Es entonces cuando con mayor estruendo suenan las alarmas. A ver si ahora, ese recién llegado, a saber con qué intenciones, va a arramplar con el dinero que los herederos ya visualizan en sus cuentas. Ese temor se amplifica cuando se trata de importantes fortunas, también medianas, y, especialmente, en aquellos casos en los que existe una empresa familiar de la que los hijos, con mayor o menor acierto, ya han empezado a llevar las riendas. En el derecho anglosajón, los hijos darían coba al fundador para “asegurarse” su herencia. Aquí, como ya la consideran (y en realidad lo es) suya, el objetivo es hacer control de daños y apartar al “viejo” de los negocios.

Por eso, David Álvarez no fue el único empresario de fortuna que se vio obligado a defenderse en batallas entabladas por sus propios hijos. Hace una década también asistimos atónitos al fulminante despido de Lluis Llongueras a través de un burofax enviado por sus hijas del primer matrimonio, solo un caso más de “cría cuervos” de todos los que llevan años revolucionando al sector industrial de carácter familiar, que supone el 70% del PIB español y casi el 60% del empleo que existe en nuestro país. Antes de que la tijera sanguínea cortase las alas al famoso peluquero, otra empresa familiar, Galletas Gullón, llevaba tiempo viviendo su particular “Falcon Crest”. La madre de la saga, que en tercera generación heredó la dulce empresa de Aguilar de Campoo cuando falleció su marido, tuvo que enfrentarse a sus hijos varones, quienes le negaron la entrada a la fábrica para defender al gestor que durante 20 años se había encargado de sacar adelante el negocio. Al final, Martínez Gabaldón, fue despedido y aunque tuvieron que indemnizarle con 8.2 millones de euros, la mayor indemnización judicial de la historia reciente de este país, a los herederos no les importó. Habían conseguido librarse del “enemigo” y dejar a la madre y a su hermana, que se posicionó a favor de ella, fuera de la gestión. Nada como atravesar momentos siniestros repletos de incertidumbre para que uno, con infinita amargura, compruebe su cotización en la balanza del cariño y la entrega de aquellos que supuestamente más le quieren.

Volviendo a Eulen, el enésimo capítulo de la guerra de los Álvarez se libra ahora en el Tribunal Supremo. La Audiencia Provincial de Madrid sentenció el pasado mes de abril contra los hermanos “impacientes”, acusándoles de anteponer su interés particular al de la sociedad cuando en 2013 decidieron vender sus títulos de Eulen a El Enebro para poder tener la mayoría desde esta compañía y desafiar a su padre y su hermana. Ella es la única que, desde la muerte de su padre y la deserción del hermano hasta entonces aliado, sigue luchando en los tribunales. Ahora, a la espera de la resolución del recurso interpuesto por sus contrincantes de sangre. Por fortuna, la salud de los negocios de su padre le permite continuar la guerra. Porque no siempre es así, los enfrentamientos fratricidas son un peligroso mal endémico que ataca a los negocios de familia, y seguramente más en tiempos de crisis. Lo sufrieron antes otros conocidos imperios españoles como Lladró, Borges, la conservera Calvo o Cortefiel. El confinamiento, la subida de las materias primas y de las energías han venido a sumarse a los conflictos familiares para incrementar la tasa de mortalidad de empresas levantadas con el sacrificio de abuelos o padres que pasaron toda su vida construyendo un medio de vida para muchas familias además de la suya. La estadística es contundente: sólo el 30% de las compañías familiares sobreviven al traspaso entre la primera y la segunda generación, y apenas el 10% logra subsistir a la tercera.