Un tiempo para la tristeza

Un tiempo para la tristeza

EFEMillones de desplazados internos reciben el Año Nuevo lejos de sus hogaresCentro de Lviv. Varios millones de ucranianos desplazados internos reciben el Año Nuevo lejos de sus hogares ocupados o bombardeados, mientras reconstruyen sus vidas en medio de los continuos ataques rusos y cortes de electricidad

La Navidad es una época en la que parece casi obligatorio sentirse feliz. Es tal la presión ambiental con las luces, la música, las cenas y comidas, los regalos… que si no te contagias de ese almíbar puedes llegar a sentirte una mala persona.

Hemos construido sociedades que rechazan la tristeza y la frustración como si fueran casi pecado. No hay espacio para el dolor aunque la vida real esté llena de ello. Imperan el hedonismo y la permanente búsqueda de los placeres más vulgares.

En realidad lo humano es convivir con penas y alegrías; ambas emociones merecen su tiempo e incluso su pensamiento.

Estos días entre campana y campana se han colado noticias sobre hechos amargos que, en mitad de tanto dulce sonaban discordantes. Me referiré tan sólo a tres de ellas que me han hecho rechazar este insoportable clima de permanente felicidad en el que pretendemos vivir, especialmente en Navidad.

Primera noticia: Elena de 34 años, y su bebé fueron asesinados el 28 de diciembre. Ella ya era madre de dos hijos menores y salía de cuentas de su último embarazo cinco días después del de su muerte. Su ex pareja, un hombre de 52 años la apuñaló brutalmente delante de los niños. ¿Se imaginan cuántas Navidades de tristeza les quedan por delante a esos menores? ¿No merecen un espacio de compasión y de dolor de todos nosotros?

Las cifras de la violencia de género en nuestro país representan una gran vergüenza, un fracaso de los gobernantes y una herida para nuestro Estado de derecho.

Segunda noticia: Tras 312 días de guerra en Ucrania la situación de la población civil en pueblos y ciudades es insoportable. El frío es intenso y no hay con qué calentarse, faltan medicinas y electricidad en los quirófanos y la gente está agotada. Putin ha lanzado, durante los días de Navidad, una oleada de misiles contra mercados, viviendas y hospitales - el 1 de enero fue bombardeado el Hospital Infantil Regional de Jersón - para minar la ya muy frágil capacidad de resistencia de los ucranianos. Más allá de todos los análisis políticos y geoestratégicos marcados por el pesimismo, pienso en la enorme tristeza que debe sentir ese pueblo herido y despojado de la capacidad de parar ese dolor. Una tristeza que va a durar varias generaciones en Ucrania.

Tercera noticia: El 21 de diciembre el gobierno talibán hizo efectiva la prohibición de ofrecer educación a las mujeres en todas las universidades del país. Las fuerzas de seguridad impidieron a las estudiantes el acceso a las aulas y, a pesar de algunos movimientos de revuelta apoyados por los estudiantes varones, la dura represión ha vuelto a funcionar. No hay salida: las afganas deberán dejar la universidad y nunca más podrán volver. Rabia, tristeza, frustración, impotencia, desesperación.

Estos tres ejemplos que, sin duda, conmueven a todas las personas sensibles ocupan tan poco espacio en nuestra cotidianidad que resulta obsceno constatarlo.

La vida de millones de seres humanos es muy dura y, aunque no esté en las manos de muchos de nosotros cambiarla, deberíamos al menos pensarla y acercarla a nuestras emociones. Sería incluso bueno hablar de ello y contárselo a nuestros niños porque lo contrario es seguir educándolos en burbujas desconectadas del mundo en el que van a crecer.

Frente a una felicidad banal, llena de ignorancias y egoísmos, reclamo un espacio en nuestras emociones para la tristeza, un tiempo que sea respetado, reconocido y compartido.

Les deseo un buen año.