Shakira: porque puede

Shakira: porque puede

EFEShakira y piqué

De la mano del millonario niño prodigio Bizarrap, Shakira ha borrado de nuestra retina su imagen paseando cabizbaja y ojerosa con sus hijos por la playa y la ha cambiado por otra, esta sí imborrable, de una mujer dolida que se levanta del golpe, dándose cuenta de que, a lo mejor, incluso le ha tocado la lotería. En todos los sentidos. Y si no esperaba que el aludido respondiera, salvo con ese primer comentario de “la vida puede ser maravillosa”, la artista se ha llevado el premio especial al cupón de que el susodicho sí haya malgastado “palabras” y “movimientos” que, dedicándoselos a ella, le está robando, “clara-mente”, a otra(s).

Como en estas historias del desamor no hay buenos ni malos, quizás solo más o menos cobardes, más o menos honestos, los aplausos a Shakira no han sido, ni mucho menos, unánimes. Es más, al principio, le cayeron sesudas opiniones tipo “Así no”, que recordaban peligrosamente a aquella época, no tan lejana, en que a la mujer a quien dejaban por otra le quedaba de regalo la papeleta de obligarse a fingir algo parecido a la indiferencia, esconder las lágrimas y, con suerte, utilizar el “argumento” para hacerse con un buen acuerdo de divorcio. Shakira no lo necesita. Aun así, bien asesorada, la canción de marras ha visto la luz cuando ya se había firmado el acuerdo a pesar de que estaba escrita desde el pasado mes de septiembre. También se le echa en cara que “sal-pique” en los estribillos nombrando a personas concretas... ¡El colmo! La vida de una estrella como ella es tan conocida, comentada y analizada, que meras alusiones sin concreción habrían resultado ridículas. A ver, ¿puede cualquiera nombrar a los protagonistas menos ella?

También le han acusado de falta de elegancia, de echar por tierra su “dignidad”, su “orgullo”. En definitiva, de no comportarse como “una señora”. Como si la presunta “andadura” de su ex – “clara-mente” llovía sobre mojado – fuera propia de “un caballero”. Y eso de “no ponerse a la altura de” o “no rebajarse a”, siempre ha sido una peculiar manera de acallar a quien, más que en ningún otro momento de su vida, necesita gritar a los cuatro vientos. ¿Y los hijos?, esgrimen de pronto algunos. A ver, que me aclare, ¿hablamos de esos mismos niños que hace meses veían a su padre besar, mientras bailaba en un concierto, a una mujer que no era mamá? Salvo error que asumo con humildad, me gustaría creer que ya pertenecen a una generación “mejor educada” y prefieren ver a mamá cantando que llorando por las esquinas. Volver a tener, en definitiva, a la poderosa madre que conocían antes de que un revés de la vida la tumbara ante la morbosa mirada del mundo.

Por otra parte, algunos, probablemente los mismos, se llevan las manos a la cabeza preguntándose por qué (demonios) la cantante colombiana exhibe así, profundamente descarnada, su dolor. La respuesta se antoja sencilla: porque puede. Pero, sobre todo, porque es artista. Y como tal se expresa. ¿Acaso es nuevo que cantantes, escritores o compositores se vacíen de la bilis que deja una traición o un desamor a través de sus creaciones? No. Es su naturaleza. Y la emoción, del tipo que sea, el motor que mueve su obra.

«Todas las promesas están rotas
e inconstante es tu reputación:
oigo pronunciar tu nombre
y comparto su vergüenza.
Ante mí te nombran,
tañido de muerte que escucho;
un temblor me recorre:
¿por qué te quise tanto?
No saben que te conocía,
que te conocía muy bien:
mucho, mucho tiempo te lamentaré,
muy hondamente para expresarlo». (Lord Byron)

¿Ya hemos olvidado el relato de Mario Vargas Llosa en el que su protagonista se arrepiente de haber dejado a Carmencita por otra que no valía la pena? No creo, porque ha sido la primera vez que en los programas “rosas” se ha hecho análisis de texto. Y de todo un señor nobel. «Todas las noches, parece mentira, desde que cometí la locura de abandonar a mi mujer, pienso en ella y me asaltan los remordimientos. Creo que solo una cosa hice mal en la vida: abandonar a Carmencita por una mujer que no valía la pena (…). Todas las noches pienso en ella y le pido perdón», escribía Vargas Llosa en su relato Los vientos, publicado en Letras Libres en 2021. El problema es que en Puerta de Hierro nadie lo leyó. Y fuera, mucho menos. Y ahora, ¡descubierto al fin!, ¿ha hecho falta que pusiera apellidos para que todos lo interpretaran de la forma en que se ha hecho? «Ya me olvidé del nombre de aquella mujer por la que abandoné a Carmencita. Nunca la quise. Fue un enamoramiento violento y pasajero, una de esas locuras que revientan una vida. Por hacer lo que hice, mi vida se reventó y ya nunca más fui feliz (…). Fue un enamoramiento de la pichula, no del corazón. De esa pichula que ya no me sirve para nada, salvo para hacer pipí». Discúlpenme, pero a mí me resulta mucho más “violento” que cualquier estrofa de la tiradera que, con gracia, canta la colombiana.

¡Sacrilegio! Acabo de comparar a un premio nobel con una cantante de caderas cimbreantes. Menos mal que, ¡Hey!, Isabel ya está acostumbrada y tiene todo un ejército de fieles que hablan por ella.

Pero volviendo a los “creadores”, ¿qué valor tendría una obra si quien la escribe, canta o declama, esconde su alma? No olvidemos que es desde el dolor, por desgracia para quien lo sufre, desde donde han nacido las obras más auténticas. De mayor o menor gusto, por supuesto, aunque ya sabemos que para eso están los colores. En realidad, ojalá todos los que exponen su alma desgarrada para “entretenimiento” de su público pudieran, como Shakira, convertir su pena en oro. Las puñaladas, en toneladas de monedas. Menos de veinte minutos tardó su tema en viralizarse y en solo 10 horas llegó a 24 millones de reproducciones.

Sigo pensando, a lo José Feliciano - “Para decir adiós, solo tienes que decirlo” -, que el amor también está en la despedida. Porque es ley del corazón que su pasión pueda mudar algún día de destinatario. Es la mentira, la actitud de “hasta que me pillen”, lo que convierte el mero desamor en profundo despecho. El dolor en ansia de venganza. El despecho es personal, la venganza precisa de la “colaboración” del otro. No se venga quien quiere, sino quien puede. A veces, nunca. Otras, cuando ya se ha pasado página y el destino del otro únicamente causa indiferencia o pereza.

«De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo». (Pablo Neruda).