Seguirán faltando los medicamentos

Seguirán faltando los medicamentos

PixabayEscasez medicamentos

Es un hecho. Cada vez más recurrente, cada vez más preocupante. El desabastecimiento de fármacos ha aumentado en los últimos años y de acuerdo con la última relación de medicamentos que publica la Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios (AEMPS), el pasado diciembre había en España 629 medicamentos desabastecidos de los más de 15.000 que conforman el vademécum. En nuestro primer mundo, la situación según los expertos no es “alarmante” porque nueve de cada diez pueden ser sustituidos por otro medicamento similar, pero ¿qué hacer en el caso de los 92 fármacos que no tienen posibilidad de ser sustituidos ni importados? A los médicos les ha tocado reinventarse con los denominados tratamientos off-label, es decir, con fármacos en principio “fuera” de las indicaciones para los que fueron aprobados. La falta de amoxicilina pediátrica obligó, por ejemplo, a que la Agencia Española de Medicamentos recomendara la dispensación fraccionada del formato de adultos.

Sin embargo, el caso de la amoxicilina pediátrica ha sido solo el último de una larga lista de desabastecimientos, algunos de medicamentos tan conocidos como el Primperan, el Paracetamol, el Demirox y, por supuesto, el Ozempic. ¿El motivo de esta escasez a la que vamos a tener que acostumbrarnos? Como siempre, no se trata de uno solo. Para empezar, hay problemas relacionados con la adquisición de los principios activos, que en un 80% se producen en India y China, la llamada despensa farmacéutica del mundo por sus bajos costes y elevada capacidad de producción. Dos países de los que, a pesar de todo, también en algo tan importante como la salud aún dependemos. Dos gobiernos que mantienen con el Kremlin mucho más que una ambigua relación.

A esta falta de seguridad en lo que se refiere a la adquisición y distribución de la “materia prima” de las medicinas, hay que añadir algún inesperado aumento en la demanda de un concreto medicamento, como lleva meses ocurriendo con el Ozempic, prescrito para la diabetes pero buscado ahora con desesperación por quienes quieren perder kilos de forma rápida. Casos puntuales aparte, otro de los motivos de peso para explicar esta – una más – tormenta perfecta se encuentra en la estrategia comercial que preside cualquier tipo de empresa. También, por descontado, de la farmacéutica. Aunque el sector dejo de tener tan “mala fama” tras la fabricación de las ansiadas vacunas para el COVID y sus previsiones de beneficio se elevaron con los codiciados viables hasta la estratosfera, a lo que los laboratorios no están dispuestos es a “soportar” las medidas que algunos gobiernos europeos están tomando para aliviar la maltrecha economía de las familias a base de revisar a la baja los precios de determinados medicamentos.

La industria ya lo lleva advirtiendo un tiempo: si bajan los precios – quien avisa al parecer no es traidor -, fabricar algunos medicamentos no resulta rentable. Los laboratorios no son organizaciones “benéficas”, aunque a veces les guste disfrazarse de tales, sino uno de los sectores industriales que con más contundencia dirige sus estrategias comerciales. Así que nadie, a estas alturas, se lleva las manos a la cabeza cuando las farmacéuticas multinacionales optan, si hay problemas de suministro, por desabastecer a los países con precios más bajos. O simplemente no atienden pedidos mientras el gobierno del país de turno lidia con el “asunto”.

Y en río revuelto… Así llegamos al negocio, oscuro y peligroso, al que se acaba desembocando siempre cuando la oferta no satisface la demanda. Más aún en estos tiempos en los que el mercado negro se mueve al frenético ritmo de internet. Hace tiempo que las redes criminales descubrieron que salía más a cuenta traficar con fármacos falsos que con drogas verdaderas. Se estima que un 3.5% de la población mundial consume drogas de manera habitual, pero ¿cuál es el porcentaje, en cambio, de enfermos - crónicos o no – que en todo el mundo han de medicarse? Sin tener en cuenta las imprescindibles vacunas para países pobres con enfermedades aún sin erradicar o las milagrosas pastillas para adelgazar o broncearse, en el caso de los países ricos. Además, estas mafias ya contaban con la infraestructura de los laboratorios donde habían estado “cocinando” su heroína y sólo rediseñaron las redes de distribución de la nueva mercancía.

La realidad es que la falsificación de un “fármaco blockbuster” resulta infinitamente más rentable que el tráfico de heroína. En números: si se invierten 1.000 dólares en tráfico de medicinas falsas, pueden ganarse hasta 500.000, mientras que esa misma cantidad invertida en heroína daría un beneficio de “únicamente” 20.000. Pero no nos fijemos solo en las ganancias. El hecho de que amplias zonas del mundo, fundamentalmente en África, Asia y América Latina, no cuenten con sistemas regulatorios en materia farmacéutica – lo cual supone, además, falta de legislación punitiva al respecto – permite a estas mafias campar a sus anchas. Sin tener que preocuparse por castigos que, sin embargo, sí se contemplan para el tráfico de drogas.

Es precisamente en estos países sin infraestructuras sanitarias como las que conocemos nosotros y donde se intenta erradicar gravísimas enfermedades como la malaria, donde más se lucran. Donde más daño hacen. Porque tanto las medicinas falsas como las denominadas de baja calidad – con cantidades insuficientes del correspondiente principio activo –, tienen un efecto inmediato. En los pacientes que no están recibiendo el tratamiento que requieren y en la propia enfermedad, ya que tratada con medicamentos de calidad inferior puede hacerse más fuerte, aumentando su resistencia al tratamiento. Los estudios realizados aseguran que el 50% de los medicamentos comercializados a través de la red son falsos o de baja calidad. Y, por supuesto, los hay de cualquier categoría. El Instituto de Seguridad Farmacéutica de Estados Unidos calcula que son, al menos, 523 tipos de medicamentos los que están siendo objeto de falsificación: antibióticos, analgésicos, anticonceptivos, antiinflamatorios, tratamientos contra la osteoporosis, la diabetes, el sida o el cáncer. Y fabricados, también, con casi cualquier cosa: harina, cal, polvo de ladrillo, azúcar, talco, líquido de batería o anticongelante. También, simplemente, con agua de río, como la que, según denunció hace años Eric Przyswa, del Centro de Investigación sobre Riesgos y Crisis de París, contenían los viales vendidos en África Occidental como vacuna contra el tifus.

Por otra parte, se calcula que el 75% de estas medicinas falsas se producen (también) en China e India, y el 25% restante, en Rusia, Nigeria, Filipinas, Siria e, incluso, en algunos países occidentales. Y, aunque en la mayoría de los casos se trate, como decíamos, de extensas redes bien organizadas, no faltan otras de menor tamaño. Son estas últimas las que más “trabajan” en los países occidentales. El método consiste en identificar el “producto estrella” del momento – la rapidez en satisfacer la demanda es su principal baza – y encargar la versión falsa en China. Así lo hizo, por ejemplo, Mimi Trieu, dueña de un salón de belleza en Filadelfia, que importó de China por correo postal 4 millones de píldoras para adelgazar y de las que llegó a vender – según las autoridades estadounidenses, a sabiendas de su toxicidad – casi dos millones, con un beneficio de 245.000 dólares. O el británico Peter Gillespie, administrador de una empresa de distribución de medicamentos con sede en Luxemburgo, que logró lucrarse importando fármacos falsos para combatir el cáncer de próstata, cardiopatías y esquizofrenia. Él y sus socios desembolsaron 1.400.000 libras para adquirir la mercancía, que más tarde vendieron en 4.700.000. Ganaron 3 millones de libras en solo seis meses, hasta que la Agencia reguladora del Reino Unido comprobó que esos medicamentos fabricados en China contenían entre un 50% y un 80% de principios activos e impurezas no identificadas. La investigación duró cuatro años y Gillispie fue condenado a pasar ocho en la cárcel. El dinero nunca se devolvió. Mucho menos la salud a quienes, ante la escasez o la falta de recursos, teclean en el buscador el nombre de la medicina que, con suerte, seguirá ayudándoles a sobrellevar los días o, incluso, a continuar con vida.