Sánchez, corrupción y descomposición

Sánchez, corrupción y descomposición

EFEPedro Sánchez el pasado domingo en Barcelona.

El argumentario que nos está vendiendo el PSOE de Pedro Sánchez  en las últimas semanas no para de repetir que no es lo mismo la corrupción o la malversación si el delincuente en cuestión se lo mete en su propio bolsillo que si lo utiliza por el bien de la patria, la catalana en este caso, para patrocinar y financiar, con el dinero de todos, una declaración unilateral de independencia y el asalto a la Constitución.

O que no se parece en nada si el acusado se lo mete en la buchaca que si hace la vista gorda y permite en su bondad un agujero de cientos de millones de euros en el erario público, de los cuales una parte ha ido, por ejemplo, para gastos de representación con señoritas de compañía y abundante cocaína.

El argumentario que nos está vendiendo el PSOE de Pedro Sánchez en las últimas semanas, en su afán de blanquear el hecho de que nunca se había legislado tan impunemente y para beneficiar a tan pocos, trataba de convencernos en su penúltimo capítulo -y digo penúltimo porque seguro que habrá más- que realmente del delito de malversación no se iba a tocar “ni una coma”, en palabras textuales de Patxi López y Pilar Alegría, aunque ambos eran plenamente conscientes de que estaban mintiendo escandalosamente cuando lo decían porque realmente se iban a tocar todas las comas necesarias para adaptarlo, una vez más, a las exigencias de ERC.

Una Esquerra, que este lunes se reía de las comas y de los puntos y llegaba, como no podía ser de otra manera, a un acuerdo con los socialistas para dejar la malversación sin ánimo de lucro en tan solo cuatro años, y que poco después volvía a reírse -porque ellos están a lo que están y nunca lo han negado- al anunciar que en su próximo congreso de enero defenderá la ‘Vía Montenegro’ para alcanzar la tan ansiada independencia de Cataluña.

Llegado este momento no puedo por menos que recordar las palabras de Arnaldo Otegi cuando recientemente se vanagloriaba de todo lo que estaban haciendo las formaciones independentistas por la gobernabilidad de España.

El argumentario que nos está vendiendo el PSOE de Pedro Sánchez en las últimas semanas ignora que el diccionario de la RAE no habla de dinero cuando define la palabra corrupción. Acción y efecto de corromper o corromperse, dice la primera acepción. Deterioro de valores, usos o costumbres, dice la segunda, que ya nos empieza a sonar de algo. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores, sentencia la tercera, que ya nos suena del todo.

En cualquier caso, ¿qué es peor? ¿Qué un fulano se quede con un millón o que utilice el dinero público para intentar subvertir el régimen establecido, enfrentar peligrosamente a sus ciudadanos y poner en jaque al Estado? ¿Qué es peor? La pregunta es un tanto capciosa, de acuerdo, pero si sacan cuentas la respuesta a lo mejor no lo es tanto.

Si este golpe legal lo hubiera perpetrando el Partido Popular -al que a partir de ahora nadie le podrá reprochar que haga algo semejante cuando llegue al poder- la sede de Génova estaría sitiada como antaño y no habría adjetivo descalificativo que los medios de comunicación independientes que ahora babean con el histórico Sánchez no le hubieran dedicado al partido de la derecha, a la que calificarían sin pudor y sin rubor de antidemocrática, fascista y dictatorial.

Lo que en beneficio propio está haciendo Pedro Sánchez en su intento de salvar a cualquier precio a los condenados del procés -primero con el indulto, después con la sedición y ahora con la malversación- y en su intento de controlar la Justicia jugando a su antojo con el Código Penal y queriendo presidir también, a través de persona interpuesta, el Tribunal Constitucional, va más allá de lo política y democráticamente aceptable, hasta caer con estrépito en el despotismo, sin ilustrar, y en el abuso de poder.

Edmond Burke en su libro Reflexiones sobre la Revolución en Francia (Alianza Editorial) señalaba que “el primer derecho del hombre en una sociedad civilizada es el de estar protegido contra las consecuencias de su propia necedad”. Es evidente que en España no estamos todavía lo suficientemente protegidos contra los necios.

Jean François Revel escribía, en el prólogo para la edición de Seix Barral de Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de Maurice Joly, que “la democracia no consiste solamente en que haya apoyo popular -los peores potentados a menudo lo tuvieron- sino en que haya reglas que codifiquen el derecho absoluto del hombre a gobernarse a sí mismo”. Es evidente que, al menos por el momento, en España tampoco nos hemos dado estas reglas.

Decía el otro día en Barcelona el presidente del Gobierno que era necesario sacar la política de los juzgados y no tengo muy claro qué quería decir con ello. ¿Quería decir, quizá, que la declaración unilateral de independencia, que el golpe contra la integridad territorial del Estado, que el intento de tomar el aeropuerto de El Prat en la Ciudad Condal, que el corte de calles y carreteras y los asaltos de la kale borroka en buena parte de Cataluña o que la organización, financiación y ejecución de un referéndum ilegal fueron simplemente actos políticos? ¿O quizá quiso decir que fue la malvada Justicia la que provocó con sus actuaciones posteriores lo que había sucedido anteriormente?

El diccionario de la RAE -ya saben lo de limpia, fija y da esplendor- tiene una cuarta acepción para la palabra corrupción que, aunque nos advierte que está en desuso, resulta absolutamente esclarecedora en estos momentos y quien sabe si a lo mejor vuelve a ser tenida más en cuenta de aquí en adelante. Corrupción, dice la Real Academia Española, es igual a diarrea, descomposición. Quédense con la acepción que más les guste y más se ajuste al quehacer torticero de este presidente.